viernes, 8 de abril de 2022

San Vicente Ferrer, religioso presbítero

 

 

San Vicente Ferrer, religioso presbítero

(Conmemoración)

 Páginas:  Oración para dificiles y graves problemas económicos


Fecha de inscripción en el santoral: 5 de abril

n.: c. 1350 - †: 1419 - país: Francia

Canonización: C: Calixto III 3 jun 1455

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: San Vicente Ferrer, presbítero de la Orden de Predicadores, de origen español, que recorrió incansablemente ciudades y caminos de Occidente en favor de la paz y la unidad de la Iglesia, predicando a pueblos innumerables el Evangelio de la penitencia y la venida del Señor, hasta que en Vannes, lugar de Bretaña Menor, entregó su espíritu a Dios.

Patronazgos: patrono de Valencia (España) y Vannes (Francia), de los fabricantes de ladrillos, los trabajadores de la madera, constructores, techadores y fontaneros, protector contra los dolores de cabeza, la epilepsia, fiebre, y amenazas de todo tipo, para pedir un buen matrimonio, fecundidad, y una santa muerte.

Tradiciones, refranes, devociones: En Valencia no se celebra el día 5 de abril sino el lunes siguiente al II Domingo de Pascua, y los festejos comienzan dos días antes. En particular es muy lindo el domingo, en el que grupos de chicos representan, en la calle, los "miracles" del santo, autos teatrales que se recitan en valenciano.

En la imaginería el santo es representado siempre con el dedo amenazador, anunciando el Juicio de Dios; sin embargo en Paterna, una ciudad casi a la salida de Valencia, se encuentra una de las pocas -la gente del lugar dice que la única- representaciones del santo donde no está con actitud amenazadora, sino postrado ante la cruz y de brazos abiertos: la razón es que el Cristo de ese pueblo (el Santísimo Cristo de la Fe, el "Morenet") es al que el santo iba a rezarle cuando podía "escaparse" de la vorágine de la predicación.

Oración: ¡Amantísimo Padre y Protector mío, San Vicente Ferrer! Alcánzame una fe viva y sincera para valorar debidamente las cosas divinas, rectitud y pureza de costumbres como la que tú predicabas, y caridad ardiente para amar a Dios y al prójimo. Tú, que nunca dejaste sin consuelo a los que confían en ti, no me olvides en mis tribulaciones. Dame la salud del alma y la salud del cuerpo. Remedia todos mis males. Y dame la perseverancia en el bien para que pueda acompañarte en la gloria por toda la eternidad. Amén.

 

Dios todopoderoso, tú que elegiste a san Vicente Ferrer ministro de la predicación evangélica, concédenos la gracia de ver glorioso en el cielo a nuestro Señor Jesucristo, cuya venida a este mundo, como juez, anunció san Vicente en su predicación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

 

San Vicente descendía de un inglés o escocés radicado en España. Nació en Valencia, probablemente en 1350. Inspirados por las profecías que se les habían hecho sobre la futura grandeza de Vicente, sus padres le inculcaron un gran amor por Cristo y la Virgen María y una gran caridad por los pobres. Para ello le constituyeron en administrador de las generosas limosnas que hacían. De sus padres aprendió también Vicente la práctica del ayuno riguroso de los miércoles y sábados, que conservó toda su vida. El santo era de inteligencia muy precoz. En 1367, tomó el hábito de Santo Domingo en el convento de Valencia y, antes de cumplir los veintiún años, fue nombrado profesor de filosofía en Lérida, que era entonces la más famosa de las universidades de Cataluña. Durante su profesorado, publicó dos tratados de gran mérito. Más tarde, sus superiores le destinaron a predicar en Barcelona, aunque no era más que diácono. La ciudad atravesaba entonces por un período de hambre; los navíos que traían el grano no habían llegado aún y el pueblo estaba desesperado. San Vicente predicó un sermón al aire libre, en el que predijo que los navíos llegarían antes de la caída de la noche. Su superior le reprendió severamente por hacer profecías, pero los navíos llegaron, como él lo había predicho y el pueblo se precipitó jubilosamente al convento para aclamar al profeta. Al ver esto, sus superiores juzgaron prudente trasladar a Vicente a Toulouse, donde permaneció un año. Después volvió a Valencia, donde sus clases y sermones tuvieron un éxito extraordinario. Sin embargo, su estancia en Valencia fue también un período de prueba: por una parte, el demonio le asaltó con violentas tentaciones; por otra, como era extraordinariamente bien parecido, varias mujeres se enamoraron de él y acabaron por calumniarle, ya que no habían conseguido hacerle caer. Todo ello curtió al santo para la dura vida que le esperaba y le preparó para la ordenación sacerdotal. Pronto se convirtió en un predicador de gran fama; su elocuencia impulsó a la penitencia y al fervor a numerosos católicos negligentes y atrajo a la fe a muchos judíos; entre éstos se contaba el rabino Pablo de Burgos, quien murió en 1435 siendo obispo de Cartagena.

 

Era la época del gran cisma de Occidente. Un papa reinaba en Roma y otro en Aviñón, y aun los hombres más santos de la época se hallaban divididos. El terrible escándalo había comenzado en 1378. A la muerte de Gregorio XI, dieciséis de los veintitrés cardenales habían elegido a toda prisa a un papa italiano para complacer al pueblo; pero después, declararon que habían procedido movidos por el temor y eligieron, junto con los otros siete cardenales, al cardenal Roberto de Ginebra, que era francés. Roberto tomó el nombre de Clemente VII y se estableció en Aviñón, en tanto que Urbano reinaba en Roma. San Vicente fue uno de los que reconocieron al papa Clemente y a su sucesor, Pedro de Luna o Benedicto XIII, quien convocó a los dominicos a Aviñón (en razón de las circunstancias tan especiales de su reinado, Clemente VII y Benedicto XIII no figuran en la lista de los antipapas propiamente dichos). Vicente fue acogido por Pedro de Luna con grandes muestras de honor y aun se le ofreció el gobierno de una diócesis, que él rehusó. Pero su posición era muy difícil, pues pronto cayó en la cuenta de que la obstinación de Pedro de Luna obstaculizaba todos los intentos de unificación. En vano le exhortó Vicente a tratar de llegar a un acuerdo con el papa de Roma. Aun cuando el sínodo de teólogos de París resolvió en contra de Pedro de Luna, éste permaneció inconmovible. San Vicente, que era consejero y confesor de Pedro de Luna, sufrió tanto por ello, que cayó enfermo; en cuanto se repuso, logró obtener el permiso de abandonar la corte pontificia para volver a su trabajo misional.

 

Su primer objetivo no era, sin embargo, huir de la corte pontificia, sino obedecer a un llamamiento de Dios, ya que, según se cuenta, Jesucristo se le había aparecido durante su enfermedad, con santo Domingo y san Francisco, le había ordenado que fuese a predicar la penitencia, como lo habían hecho los dos santos y le había devuelto instantáneamente la salud. San Vicente partió de Aviñón en 1399 y predicó a enormes multitudes en Carpentras, Arles, Aix y Marsella. Además de los habitantes de cada lugar, se contaban entre sus oyentes los hombres, mujeres y niños que le seguían de un sitio a otro. Al principio se trataba de una turba heterogénea, pero poco a poco, el santo los fue organizando: les dio una regla y los convirtió en valiosos colaboradores; los «Penitentes de Maese Vicente», como se los llamaba, se quedaban, por ejemplo, en la ciudad en que había tenido lugar la misión para consolidar el trabajo del santo. Es cosa digna de notarse que, en una época de costumbres tan relajadas, no parece que se hayan levantado sospechas contra ninguno de los miembros de aquella heterogénea compañía. Algunos sacerdotes formaban parte de ella y se encargaban de organizar los coros y de confesar a los peregrinos.

 

Entre 1401 y 1403, San Vicente predicó en el Delfinado, en Saboya y en los valles de los Alpes; después fue a Lucerna, Lausana, Tarentaise, Grénoble y Turín. Las multitudes se apiñaban para oírle, y en todas partes el santo obró extraordinarias conversiones y milagros. Los principales temas de su predicación eran el pecado, la muerte, el infierno, la eternidad y sobre todo, la proximidad del día del juicio. Hablaba con tal energía, que algunos de sus oyentes caían desmayados y los gemidos de la multitud le obligaban con frecuencia a hacer largas pausas. Sus enseñanzas penetraban a fondo y producían verdaderos frutos de conversión y enmienda de vida. Bonifacio, uno de los hermanos de san Vicente, era prior de la Gran Cartuja; el santo estuvo allí varias veces. Los anales de la Cartuja dicen: «Dios obró maravillas por medio de estos dos hermanos. Quienes se convertían por la predicación del uno, tomaban el hábito de manos del otro». En 1405, San Vicente estuvo en Génova; de allí se dirigió a otro puerto para embarcarse con rumbo a Flandes. Entre otras reformas, consiguió que las damas de Liguria simplificasen sus fantásticos tocados; según uno de los biógrafos de san Vicente, «este fue el mayor de sus milagros». En los Países Bajos obró tantas maravillas, que hubo de reservar una hora diaria para la curación de los enfermos. Algunos autores suponen que visitó también Inglaterra, Escocia e Irlanda, pero no existe el menor indicio de ello. Aunque el mismo san Vicente afirma que, fuera de su lengua, no había aprendido más que el latín y un poco de hebreo, debía poseer un don de lenguas absolutamente extraordinario ya que, según autores dignos de fe, sus oyentes ya fueran franceses, alemanes, italianos, etc, entendían todo lo que decía, y su voz se oía claramente a distancias enormes. No podemos seguir a san Vicente en todo su itinerario. En realidad no se trataba de un itinerario ordenado, sino que iba de un sitio a otro según las inspiraciones divinas y las peticiones que recibía. Volvió a España en 1407.

 

 

 

Granada estaba entonces ocupada por los moros; san Vicente predicó en dicha ciudad, y se cuenta que 8000 moros pidieron el bautismo. En Sevilla y Córdoba tuvo que predicar al aire libre, porque no había ninguna iglesia suficientemente grande para tan enorme auditorio. El santo volvió a Valencia después de quince años de ausencia; predicó, obró muchos milagros y acabó con las discordias que dividían la ciudad. Según una carta de los magistrados de Orihuela, los efectos de sus sermones fueron maravillosos: desaparecieron de la ciudad el juego, la blasfemia y el vicio; los enemigos se reconciliaron. En Salamanca convirtió san Vicente a muchos judíos; allí fue donde, en un ardiente sermón al aire libre sobre su tema favorito, san Vicente declaró que él era el ángel del juicio predicho por San Juan (Apoc 14,6). Como algunos de sus oyentes se mostrasen incrédulos, el santo hizo que le llevasen el cadáver de una mujer y le ordenó que diese testimonio de la veracidad de sus palabras; la mujer resucitó un momento, dio testimonio y volvió a cerrar los ojos definitivamente. Casi resulta superfluo advertir que san Vicente no pretendía ser de naturaleza angélica; sus palabras significaban que se consideraba como heraldo de Dios para anunciar la proximidad del fin del mundo.

 

San Vicente había sufrido siempre ante la falta de unidad que reinaba en la Iglesia, ya que, a partir de 1409, había nada menos que tres papas, con gran escándalo de la cristiandad. Finalmente, en 1414 se reunió el Concilio de Constanza para resolver la cuestión; el Concilio depuso a Juan XXIII y pidió a los otros dos que renunciasen para poder proceder a una nueva elección. Gregorio XII se manifestó dispuesto a ello, pero Benedicto XIII se negó rotundamente. San Vicente fue a verle a Perpignan para convencerle de que abdicase, pero todos sus esfuerzos fueron vanos. El rey Fernando de Castilla y Aragón le consultó sobre el asunto, y el santo declaró que, si Benedicto XIII impedía con su conducta la unidad vital de la Iglesia, los fieles podían legítimamente negarle la obediencia. El rey aceptó el consejo de san Vicente y por fin, Pedro de Luna fue depuesto. Gersón escribió a san Vicente: «Sólo gracias a vos se ha realizado la unión».

 

El santo pasó los últimos tres años de su vida en Francia. Bretaña y Normandía fueron el escenario de Ios últimos trabajos de ese «legado a latere Christi». San Vicente estaba ya tan agotado, que apenas podía moverse sin ayuda; pero su vigor y elocuencia en el púlpito eran los mismos de sus primeros años. A principios de 1419 volvió a Vannes ya moribundo, después de pronunciar una serie de sermones. Murió el Jueves de Pasión de 1419, que ese año fue 5 de abril, a los setenta años de edad. La veneración del pueblo fue inmensa desde el primer momento, y san Vicente Ferrer fue canonizado en 1455 y su cuerpo se conserva en Vannes. La humildad de san Vicente fue extraordinaria, teniendo en cuenta los honores y alabanzas que se le prodigaron en todas partes. Para él, su vida no había sido más que una cadena ininterrumpida de pecados. «Mi cuerpo y mi alma son una pura llaga; todo en mí huele a corrupción por mis pecados e injusticias». Lo mismo sucede con todos los grandes santos: cuanto más cerca están de Dios, más viles se sienten.

 

Según H. Finke, uno de los historiadores más competentes de la época de Vicente Ferrer, no se ha escrito, hasta ahora, ninguna biografía satisfactoria del santo, que distinga lo legendario de lo histórico. Pedro Razzano, que escribió la primera biografía treinta y seis años después de la muerte de san Vicente, dio muy mal ejemplo de credulidad, que han seguido la mayoría de los biógrafos posteriores. H. Fages publicó en 1904 las deposiciones de 1453 y 1454 para el proceso de canonización; en 1905 publicó otros documentos y en 1909 las obras de san Vicente; pero la biografía del mismo autor (1901) no está, ni con mucho, a la altura de las exigencias críticas de la actualidad. En el Campus Dominicano virtual pueden encontrarse un tratado y un sermón del santo, en castellano, con introducción y notas que refieren a ediciones actualizadas de sus obras y de estudios sobre ellas. Cuadro: Francesco del Cossa, panel dedicado al santo en el «Políptico Griffoni», 1473, National Gallery, Londres.

En la imagen devocional puede verse al santo en postura de oración, imagen propia del pueblo de Paterna, como se describe en el apartado de tradiciones populares.

 

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1111

 

martes, 22 de febrero de 2022

San Pedro Damiani, Obispo y doctor de la Iglesia

 

 

San Pedro Damiani,

Obispo y doctor de la Iglesia

 

Fecha: 21 de febrero

Fecha en el calendario anterior: 23 de febrero,

Canonización: Conf. Culto: León XII 1828

 n.: c. 1007 - †: 1072 - país: Italia

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: Memoria de san Pedro Damiani, cardenal obispo de Ostia y doctor de la Iglesia. Habiendo entrado en el eremo de Fonte Avellana, promovió denodadamente la vida religiosa, y en los tiempos difíciles de la reforma de la Iglesia, trabajó para que los monjes se dedicasen a la santidad de la contemplación, los clérigos a la integridad de vida, y para que el pueblo cristiano mantuviese la comunión con la Sede Apostólica. Falleció el día veintidós de febrero en la ciudad de Favencia, de la Romagna.

 

Patronazgos: protector contra dolores de cabeza.

Refieren a este santo: Santo Domingo Loricato, San Gregorio VII, San Hugo de Cluny, San León IX, San Romualdo, Beato Urbano II


Oración: Dios todopoderoso, concédenos seguir con fidelidad los consejos y ejemplos de san Pedro Damiani, obispo, para que, amando a Cristo sobre todas las cosas, y dedicados siempre al servicio de tu Iglesia, merezcamos llegar a los gozos eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. (oración litúrgica).


San Pedro Damiani es una de esas figuras severas que, como san Juan Bautista, surgen en las épocas de relajamiento para apartar a los hombres del error y traerles de nuevo al estrecho sendero de la virtud. Pedro Damiani nació en Ravena. Habiendo perdido a sus padres cuando era muy niño, quedó al cuidado de un hermano suyo, quien le trató como si fuera un esclavo. Para empezar, le mandó a cuidar los puercos en cuanto pudo andar. Otro de sus hermanos, que era arcipreste de Ravena, se compadeció de él y decidió encargarse de su educación. Viéndose tratado como un hijo, Pedro tomó de su hermano el nombre de Damiani (es decir «de Damián»). Éste le mandó a la escuela, primero a Faenza y después a Parma. Pedro fue un buen discípulo y, más tarde, un magnífico maestro. Desde joven se había acostumbrado a la oración, la vigilia y el ayuno. Llevaba debajo de la ropa una camisa de cerdas (cilicio) para defenderse de los atractivos del placer y de los ataques del demonio. Hacía grandes limosnas, invitaba frecuentemente a los pobres a su mesa y les servía con sus propias manos.

Algún tiempo después, Pedro decidió abandonar enteramente el mundo y abrazar la vida monacal en otra región. Un día en que se hallaba reflexionando sobre su proyecto, se presentaron en su casa dos benedictinos de la reforma de san Romualdo, que pertenecían al convento de Fonte Avellana. Pedro les hizo muchas preguntas sobre su regla y modo de vida. Sus respuestas le dejaron satisfecho, e ingresó en esa comunidad de ermitaños, que gozaba entonces de gran reputación. Los ermitaños habitaban en celdas separadas, consagraban la mayor parte del tiempo a la oración y lectura espiritual, y vivían con gran austeridad. Las vigilas excesivas hicieron que Pedro enfermase de insomnio; la curación fue larga, pero esto le enseñó a ser más prudente. Aleccionado por esa experiencia, se dedicó con mayor ahínco a los estudios sagrados, y llegó a ser tan versado en la Sagrada Escritura, como antes lo había sido en las ciencias profanas. Los ermitaños le eligieron unánimemente para suceder al abad cuando éste muriese; como Pedro se resistiera a aceptar, el propio abad se lo impuso por obediencia. Así pues, a la muerte del abad, hacia el año 1043, Pedro tomó la dirección de la comunidad, a la que gobernó con gran prudencia y piedad. Igualmente fundó otras cinco comunidades de ermitaños, al frente de las cuales puso a otros tantos priores bajo su propia dirección. Su principal cuidado era fomentar entre los monjes el espíritu de retiro, caridad y humildad. Muchos de los ermitaños llegaron a ser lumbreras de la Iglesia; entre otros, santo Domingo Loricato y san Juan de Lodi, quien sucedió a san Pedro en la dirección del convento de la Santa Cruz, escribió su biografía y fue más tarde obispo de Gubio. Varios papas emplearon a san Pedro Damiani en el servicio de la Iglesia: Esteban IX le nombró, en 1057, cardenal y obispo de Ostia, a pesar del rechazo del santo. Pedro rogó muchas veces al papa Nicolás II que le permitiese renunciar al gobierno de la diócesis y volver a su vida de ermitaño, pero el Sumo Pontífice se negó a ello. Alejandro II, que amaba mucho al santo, accedió finalmente a sus súplicas, pero se reservó el poder de emplearle en el servicio de la Iglesia, en caso de necesidad. San Pedro Damiani se consideró desde ese momento libre, no sólo del gobierno de su diócesis, sino también de la supervisión de las diversas comunidades, y volvió al convento como simple monje.

En ese retiro edificó a la Iglesia con su humildad, penitencia y compunción; con sus escritos ayudó a mantener la observancia de la moral y de la disciplina. Su estilo es vehemente, y todas sus obras llevan la huella de su espíritu estricto, particularmente cuando se trata de los deberes de los clérigos y monjes. El santo reprendió severamente al obispo de Florencia por haber jugado una partida de ajedrez; el prelado reconoció humildemente que san Pedro Damiani tenía razón, recibió la reprimenda con gran humildad, y aceptó como penitencia recitar tres veces el salterio, lavar los pies a doce pobres y darles una moneda de limosna. El santo escribió un tratado al obispo de Besançon, en el que atacaba la costumbre que tenían los canónigos de esa diócesis de cantar sentados el oficio divino. San Pedro Damiani recomendaba el uso de la disciplina más que los ayunos prolongados. Escribió cosas muy severas sobre las obligaciones de los monjes y protestó contra la costumbre de las peregrinaciones, pues consideraba que el retiro era la condición esencial del estado monacal. Como decía, con razón: «Es imposible restaurar la disciplina una vez que ésta decae; si nosotros, por negligencia, dejamos caer en desuso las reglas, las generaciones futuras no podrán volver a la primitiva observancia. Guardémonos de incurrir en semejante culpa y transmitamos fielmente a nuestros sucesores el legado de nuestros predecesores». El santo combatió con gran vigor la simonía y predicó el celibato eclesiástico. Como quería que los monjes llevaran una severa vida ascética y semi-eremítica, así pedía que el clero diocesano viviese en comunidad. Su carácter vehemente se manifestaba en todos sus actos y palabras. Se ha dicho de él que «su genio consistía en exhortar y mover al heroísmo, en predicar acciones extraordinarias y recordar ejemplos conmovedores...; en sus escritos arde el fuego de una extraordinaria fuerza moral».

A pesar de su severidad, san Pedro Damiani sabía tratar a los pecadores con bondad e indulgencia, cuando la caridad y la prudencia lo pedían. Enrique IV de Alemania se había casado con Berta, la hija de Otón, marqués de las Marcas de Italia; pero dos años más tarde, había pedido el divorcio, alegando que el matrimonio no había sido consumado. Con promesas y amenazas logró ganar para su causa al arzobispo de Mainz, quien convocó un concilio para anular el matrimonio; pero el papa Alejandro II le prohibió cometer semejante injusticia y envió a san Pedro Damiani a presidir el sínodo. El anciano legado se reunió en Frankfurt con el rey y los obispos, les leyó las órdenes e instrucciones de la Santa Sede y exhortó al rey a guardar la ley de Dios, los cánones de la Iglesia y su propia reputación y también, a reflexionar sobre el escándalo y el mal ejemplo que daría, si no se sometiera. Los nobles se unieron al santo para rogar al joven monarca que no manchase su honor. Ante tal oposición, Enrique tuvo que renunciar a su proyecto de divorcio, aunque interiormente no cambió de actitud y concibió un odio todavía más profundo por su esposa.

Pedro retornó, en cuanto pudo, a su retiro de Fonte Avellana. Practicó todas las austeridades que predicaba a otros hasta el fin de su vida. En los ratos en que no se hallaba absorto en la oración o el trabajo, acostumbraba hacer cucharas de madera y otros utensilios, para no estar ocioso. El papa Alejandro II envió a san Pedro Damiani a arreglar el asunto del arzobispo de Ravena, que había sido excomulgado por las atrocidades que había cometido. Cuando san Pedro llegó, el arzobispo ya había muerto; pero el santo pudo convertir a sus cómplices, a los que impuso justa penitencia. Éste fue el último servicio público que el santo prestó a la Iglesia. A su vuelta a Roma, se vio atacado por una aguda fiebre en un monasterio de las afueras de Faenza, donde murió al octavo día, el 22 de febrero de 1072, mientras los monjes recitaban los maitines alrededor de su lecho.

San Pedro Damiani fue uno de los predecesores del monje Hildebrando, es decir Gregorio VII. Fue un elocuente predicador y un escritor fecundo. Aunque nunca hubo una canonización formal, la declaración en 1828 (otros dicen 1823), por SS. León XII, como doctor de la Iglesia, confirma el culto que se le venía tributando desde antiguo.

Aunque la biografía escrita por su discípulo Juan (casi seguramente Juan de Lodi, que fue más tarde arzobispo de Gubio), constituye un relato coherente de la vida del santo, su historia puede reconstruirse a base de las crónicas de la época y de los sermones y cartas de san Pedro Damiani. La biografía escrita por Juan se halla en Acta Sanctorum, febrero, vol. III, y también en Mabillon. Ver el excelente estudio de R. Biron, St. Pierre Damiani, en la colección Les Saints, y Capecelatro, Storia di San Pietro Damiano. En Lives of the Popes de Mons. Mann (vols. V y VI) se encontrarán muchos datos complementarios. Cf. O. J. Blum, St Peter Damiani (1947), que estudia las enseñanzas del santo; y D. Knowles, The Monastic Order in England (1949), pp. 193-197, donde hay muchas referencias.

 

El Oficio de Lecturas utiliza tres lecturas del santo a lo largo del año litúrgico: en la memoria de san Jorge, mártir, en la de san Romualdo, abad, y hoy mismo, en la del propio santo.

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_645

 

lunes, 14 de febrero de 2022

Santos Cirilo y Metodio, misioneros

 

 

Santos Cirilo y Metodio, misioneros

 

Fecha: 14 de febrero

Fecha en el calendario anterior: 7 de julio

†: 869 y 885 - país: República Checa

Canonización: pre-congregación

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: Fiesta de san Cirilo, monje, y san Metodio, obispo, hermanos nacidos en Tesalónica, que enviados a Moravia por el obispo Focio de Constantinopla para predicar la fe cristiana, allí crearon signos propios para traducir del griego a la lengua eslava los libros sagrados. En un posterior viaje a Roma, Cirilo, que antes se llamaba Constantino, enfermó, y habiendo profesado como monje, descansó en el Señor en este día. Metodio, constituido obispo de Sirmium por el papa Adriano II, evangelizó la región de Panonia, y en todas las dificultades que soportó fue siempre ayudado por los Pontífices Romanos; recibió finalmente el premio celestial por sus trabajos en Velherad, en Moravia, el día seis de abril.

 

Patronazgos: patronos de Europa, Bohemia y Moravia, Polonia, República Checa, Bulgaria, Eslovaquia y Serbia, y protectores contra las tormentas eléctricas.

Refieren a este santo: Santos Clemente, Gorazdo, Nahum, Sabas y Angelario, San Esteban de Perm

Oración: Oh Dios, que iluminaste a los pueblos eslavos mediante los trabajos apostólicos de los santos hermanos Cirilo y Metodio, concédenos la gracia de aceptar tu palabra y de llegar a formar un pueblo unido en la confesión y defensa de la verdadera fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

Se venera a estos dos hermanos originarios de Tesalónica como apóstoles de los eslavos del sur y padres de la literatura eslava. Cirilo, el más joven de los dos, recibió en el bautismo el nombre de Constantino y tomó el de Cirilo poco antes de su muerte, junto con el hábito de monje. Fue enviado a Constantinopla muy joven. Allí hizo sus estudios, bajo la dirección de León el Gramático y de Focio. Aunque era más versado en las ciencias profanas que en la teología, fue ordenado diácono. Probablemente, no recibió sino hasta más tarde el sacerdocio. Sucedió a Focio en su sede, y la fama de su sabiduría le ganó el título de «el filósofo». Durante algún tiempo se retiró a un monasterio, pero, el año 861, el emperador Miguel III le envió en una embajada religioso-política ante el gobernador de los kázaros, que habitaban la región entre el Dniéper y el Volga. El santo desempeñó con éxito su misión, aunque sin duda se ha exagerado mucho el número de los que convirtió a la fe. Metodio, el hermano mayor de Cirilo, había sido gobernador de una de las colonias eslavas en la provincia de Opsikion y, después, había tomado el hábito de monje. Acompañó a su hermano en la embajada ante el gobernador de los kázaros y, a su vuelta a Grecia, fue elegido abad de un importante monasterio.

 

El año 862, llegó a Constantinopla un embajador de Rostislavo, príncipe de Moravia, para obtener que el emperador enviase misioneros capaces de evangelizar a los eslavos en su propio idioma. Rostislavo deseaba, por otra parte, congraciarse con Bizancio para defenderse de sus poderosos vecinos, los germanos. El emperador de Oriente vio en ello la ocasión de contrarrestar la influencia del emperador de Occidente en aquellas regiones, en las que ya se habían introducido los misioneros germanos. La empresa sonreía, por lo demás, a Focio, patriarca de Constantinopla, quien escogió para la tarea a san Cirilo y san Metodio, cuya cultura y conocimiento del eslavo los hacían capaces de crear un alfabeto escrito de la lengua del país. Probablemente, los sucesores de san Cirilo inventaron, sirviéndose de las mayúsculas griegas, el alfabeto «cirílico», del que se derivan los caracteres actuales del ruso, del serbio y del búlgaro. Antiguamente se atribuía por error a san Jerónimo la creación del alfabeto «glagolítico» en que están escritos los libros litúrgicos eslavo-románicos de ciertas regiones católicas de Yugoslavia; pero dicho alfabeto fue probablemente inventado por el mismo san Cirilo, a quien, según la leyenda, Dios lo reveló directamente. Como tantos otros aspectos de la historia de san Cirilo y san Metodio, la cuestión de los alfabetos es muy oscura. La lengua sudeslava de san Cirilo y san Metodio es, hasta la fecha, el idioma litúrgico de los rusos, de los ucranios, de los serbios y de los búlgaros, tanto católicos como ortodoxos.

 

Los dos hermanos partieron de Constantinopla con varios compañeros el año 863. En la corte de Rostislavo fueron muy bien recibidos y emprendieron inmediatamente la tarea. Pero la posición de los misioneros era muy difícil. El empleo del idioma de la región en la predicación y la liturgia los hacía muy populares entre los habitantes; pero el clero germánico se oponía a ello, sostenido por el emperador Luis el Germánico, quien obligó a Rostislavo a prestarle juramento de fidelidad. Los misioneros bizantinos, que habían traducido al eslavo algunas perícopas de la Escritura y los himnos litúrgicos, prosiguieron con éxito la evangelización. Pero uno de los grandes obstáculos era la falta de un obispo que ordenase nuevos sacerdotes, puesto que el prelado germánico de Passau se negó a hacerlo. Entonces, san Cirilo decidió ir a Constantinopla a pedir ayuda. Llegó a Venecia acompañado por su hermano, pero había escogido el peor momento: Focio acababa de ser excomulgado y la Santa Sede miraba con desconfianza a todo el Oriente. Los misioneros fueron mal acogidos en Venecia, donde se les consideraba como protegidos del emperador de Oriente y se criticaba el empleo que hacían del eslavo en la liturgia. Según una de las fuentes, el papa san Nicolás I los llamó a Roma. En todo caso, es cierto que los misioneros fueron a la Ciudad Eterna, llevando las pretendidas reliquias de san Clemente Papa, que san Cirilo había recobrado a su paso por Crimea. El papa san Nicolás había muerto mientras tanto; pero Adriano II, su sucesor, acogió calurosamente a los portadores de un regalo tan precioso. Después de juzgar la causa de los misioneros, Adriano II determinó conferir a Cirilo y Metodio el episcopado, aprobó la ordenación sacerdotal de los eslavos convertidos, y alabó el empleo de la lengua eslava en la liturgia. No parece que san Cirilo haya sido realmente consagrado, ya que murió cuando se hallaba en Roma, el 14 de febrero del 869. Según la versión italiana de la leyenda, después de la muerte de san Cirilo, san Metodio dijo a Adriano II: «El último deseo de nuestra madre, cuando dejamos la casa paterna para ir a evangelizar el país en que hemos trabajado hasta ahora, con la gracia de Dios, fue que, al morir uno de nosotros dos, el otro se encargase de transportar su cadáver para darle sepultura en nuestro monasterio. Así pues, os ruego que me ayudéis en esta empresa». El papa estaba dispuesto a ayudar a san Metodio, pero sus consejeros le dijeron: «No conviene que dejemos salir de la ciudad el cuerpo de un hombre tan distinguido, que enriqueció nuestra ciudad con tan extraordinarias reliquias, que ganó al cristianismo naciones tan remotas y que murió entre nosotros». El papa concedió la razón a sus consejeros, y san Cirilo fue sepultado en la iglesia de San Clemente, donde se habían depositado las reliquias que él había llevado a Roma.

 

San Metodio se encargó de llevar adelante la empresa de evangelización. Después de recibir la consagración episcopal, volvió a su antigua misión, llevando consigo un documento en que la Santa Sede le recomendaba como hombre de «doctrina y ortodoxia perfectas». Kosel, príncipe de Panonia, pidió que se restableciese la antigua arquidiócesis de Sirmiun (actualmente Mitrovic, en Serbia); san Metodio fue nombrado arzobispo, y sus diócesis sufragáneas se extendían hasta las fronteras de Bulgaria. A pesar del apoyo y la aprobación del Sumo Pontífice, el clero germánico no cesó de poner obstáculos a la evangelización. Por otra parte, la situación política de Moravia había cambiado, ya que Svatopluk, sobrino de Rostislavo, se había aliado con Carlomán de Baviera y había expulsado a su tío. El año 870, san Metodio compareció ante un sínodo de obispos germánicos y fue encarcelado en una celda húmeda. El papa Juan VIII no consiguió que le pusiesen en libertad sino hasta dos años más tarde y juzgó prudente retirar el permiso de predicar en eslavo (que era, según la llamaba el Pontífice, «una lengua bárbara»). Sin embargo, Juan VIII tuvo cuidado de recordar a los germanos que Panonia y todas las sedes del Ilírico dependían desde antiguo de la Santa Sede.

 

San Metodio continuó la evangelización durante los años siguientes. Pero Svatopluk se convirtió en enemigo suyo, porque el santo le echó en cara la vida licenciosa que llevaba. Así pues, el arzobispo fue acusado ante la Santa Sede, en 878, de seguir con las celebraciones litúrgicas en la lengua eslava y de omitir, heréticamente, la mención del Hijo en el Credo. (Advirtamos que en aquella época las palabras "y del Hijo" (Filioque) no se habían introducido todavía en todas partes y, ciertamente, no en Roma). Juan VIII convocó a Metodio a la Ciudad Eterna. Metodio consiguió probar su ortodoxia y convencer al Pontífice sobre la necesidad de emplear la lengua eslava. Aunque con ciertas reservas, Juan VIII aprobó nuevamente el empleo de dicha lengua, «porque Dios, que creó los tres principales idiomas -el hebreo, el griego y el latín-, también había creado otros para su honor y gloria». Desgraciadamente, accediendo a los deseos de Svatopluk, el Papa nombró también para la sede de Nitra, que era sufragánea de Sirmiun, a un sacerdote germánico llamado Wiching, que era enemigo acérrimo de san Metodio. Ese prelado, que era muy poco escrupuloso, llegó a falsificar documentos pontificios para perseguir a san Metodio. Después de la muerte del santo, Wiching obtuvo la sede de Sirmiun, desterró a los principales partidarios de su predecesor y anuló la mayor parte de su obra.

 

Según la versión de Panonia, san Metodio terminó en los cuatro últimos años de su vida la traducción de la Biblia al eslavo (excepto los libros de los Macabeos) y tradujo también una colección de leyes civiles y eclesiásticas bizantinas, llamada el «Nomokanon» (es decir: compilación de leyes). Esto parece indicar que las circunstancias impedían al santo consagrarse enteramente a los asuntos misionales y episcopales, es decir, que estaba perdiendo la batalla contra la tendencia germánica. San Metodio murió probablemente en Stare Mesto (Velehrad, en la República Checa) el 6 de abril del 884, consumido por el trabajo apostólico y la oposición de los que no estaban de acuerdo con sus métodos de evangelización. La liturgia de sus funerales se celebró en griego, en eslavo y en latín. «Las gentes acudieron con antorchas encendidas. Todo el pueblo se hallaba presente: hombres y mujeres, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, viudas y huérfanos, ciudadanos y forasteros, sanos y enfermos. Porque Metodio se había hecho todo a todos para ganar a todos para el cielo».

 

La fiesta de los santos Cirilo y Metodio, que se había celebrado desde antiguo en la región donde trabajaron, fue extendida a toda la Iglesia de Occidente por el Papa León XIII en 1880. Por tratarse de dos orientales que trabajaron en estrecha colaboración con la Santa Sede, se los considera como patronos especiales de la unidad de la Iglesia y de las obras que se dedican a promover la unión con las Iglesias eslavas disidentes. Los católicos checos, eslavos y croatas, así como los servios y búlgaros ortodoxos, les profesan especial devoción. Los nombres de los dos santos aparecen en la preparación de la misa bizantina de rito eslavo. Juan Pablo II, con la carta apostólica «Egregiae virtutis», del 31 de diciembre de 1980, los proclamó -junto con san Benito de Nursia- patronos de Europa, y presentó sus figuras de evangelizadores por medio de la encíclica «Slavorum apostoli», de 1985.

 

La vida de estos dos santos está íntimamente relacionada con una larga y complicada historia de rivalidades políticas y eclesiásticas. A pesar de todos los trabajos recientes sobre los documentos contradictorios, resulta todavía imposible determinar exactamente los hechos. Las fuentes representan dos tradiciones. La tradición de Panonia comprende las biografías de Constantino (Cirilo) y Metodio (Miklosich, Die Legende von hl. Cyrillus y la Vita S. Methodii russico-slovenice et latine, Viena, 1870), y una biografía griega de San Clemente de Okhrida (Migne, P. G., vol. CXXVI, cc. 1194-1240). En la tradición italiana de la leyenda hay una vida de San Cirilo "cum translatione sancti Clementis" (Acta Sanctorum, vol. II). La "leyenda morávica" es muy posterior a las otras dos tradiciones, que datan de los siglos IX y X. Acerca de estas fuentes, véase F. Dvornik, Les Slaves, Byzance, et Rome au IXe. siécle (1926), y Les legéndes de Constantin et de Méthodes vues de Byzance (1933). Véase también J. B. Bury, History of the Eastern Román Empire (1912); A. Lapotre, Le pape Jean VIII (1895); L. K. Goetz, Geschichte der Slavenapostel K. und M. (1897); F. Grivec, Die hl. Slavenapostel K. und M. (1928); Analecta Bollandiana, vol. XLVII (1929), pp. 178-181; y Fliche y Martin, Histoire de l´Eglise, vol. VI, pp. 451-463.

Imágenes:

-Ícono ruso de los dos hermanos.

-Karel Dvorák: Cirilo y Metodio, estatua en el puente Karluv, en Praga, 1928 a 1939.

-Alfabeto glagolítico inventado por san Cirilo para fijar por escrito la lengua eslava.

 

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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