martes, 29 de diciembre de 2020

San Juan de Kety, presbítero

 

 

San Juan de Kety, presbítero

 

Fecha: 23 de diciembre

Fecha en el calendario anterior: 20 de octubre

n.: 1390 - †: 1473 - país: Polonia

Otras formas del nombre: Juan Cancio, Jan Kanty, Cantius

Canonización: C: Clemente XIII 1767

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: San Juan de Kety, presbítero, el cual, siendo sacerdote, se dedicó a la enseñanza durante muchos años en la Academia de Cracovia, después recibió el encargo pastoral de la parroquia de Olkusia, en donde, añadiendo a la recta fe un cúmulo de virtudes, se convirtió para los cooperadores y discípulos en ejemplo de piedad y caridad hacia el prójimo, y después emigró a los gozos celestiales en Cracovia, ciudad de Polonia.

 

Refieren a este santo: Beato Ladislao de Gielniow

 

Oración: Dios todopoderoso, concédenos crecer en santidad a ejemplo de san Juan de Kety, tu presbítero, para que, ejerciendo el amor y la misericordia con el prójimo, obtengamos nosotros tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

Juan de Kety, llamado también Juan Cancio, nació en la ciudad polaca de Kety (o Kanty). Sus padres eran campesinos de buena posición, que al comprender que su hijo era muy inteligente, le enviaron a estudiar en la Universidad de Cracovia. Juan hizo una brillante carrera y, después de su ordenación sacerdotal, fue nombrado profesor de la Universidad. Como llevaba una vida muy austera, sus amigos le aconsejaron que mirase por su salud a lo que él respondió, simplemente, que la austeridad no había impedido a los padres del desierto vivir largo tiempo. Se cuenta que un día, mientras comía, vio pasar frente a la puerta de su casa a un mendigo famélico. Juan se levantó al punto y regaló su comida al mendigo; cuando volvió a entrar en su casa, encontró su plato lleno. Según se dice, desde entonces se conmemoró ese suceso en la Universidad, dando todos los días de comer a un pobre; al empezar la comida, el subprefecto de la Universidad decía en voz alta: «Un pobre va a entrar», y el prefecto respondía en latín: «Va a entrar Jesucristo».

 

El éxito de San Juan como profesor y predicador suscitó la envidia de sus rivales, quienes acabaron por lograr que fuese enviado como párroco a Olkusz. El santo se entregó al trabajo con gran energía; sin embargo, no consiguió ganarse el cariño de sus feligreses, y la responsabilidad de su cargo le abrumaba. A pesar de todo, no cejó en la empresa y, cuando fue llamado a Cracovia, al cabo de varios años, sus fieles le querían ya tanto, que le acompañaron buena parte del camino. El santo se despidió de ellos con estas palabras: «La tristeza no agrada a Dios. Si algún bien os he hecho en estos años, cantad un himno de alegría». San Juan pasó a ocupar en la Universidad de Cracovia la cátedra de Sagrada Escritura, que conservó hasta el fin de su vida. Su reputación llegó a ser tan grande, que durante muchos años se usaba su túnica para investir a los nuevos doctores. Por otra parte, san Juan no limitó su celo a los círculos académicos, sino que visitaba con frecuencia tanto a los pobres como a los ricos.

 

En una ocasión, los criados de un noble, viendo la túnica desgarrada de San Juan, no quisieron abrirle la puerta, por lo que el santo volvió a su casa a cambiar de túnica. Durante la comida, uno de los invitados le vació encima un plato y san Juan comentó sonriendo: «No importa: mis vestidos merecían ya un poco de comida, puesto que a ellos debo el placer de estar aquí». Los bienes y el dinero del santo estaban a disposición de los pobres de la ciudad, quienes de vez en cuando le dejaban casi en la miseria. San Juan no se cansaba de repetir a sus discípulos: «Combatid el error; pero emplead como armas la paciencia, la bondad y el amor. La violencia os haría mal y dañaría la mejor de las causas». Cuando corrió por la ciudad la noticia de que san Juan, a quien se atribuían ya varios milagros, estaba agonizante, la pena de todos fue enorme. El santo dijo a quienes le rodeaban: «No os preocupéis por la prisión que se derrumba; pensad en el alma que va a salir de ella dentro de unos momentos». Murió la víspera del día de Navidad de 1473, a los ochenta y tres años de edad. En 1767, tuvo lugar su canonización y su fiesta se extendió a toda la Iglesia de Occidente.

 

Los bolandistas no lograron encontrar ninguna biografía contemporánea del santo que valiese la pena, y se limitaron a reimprimir la biografía publicada en 1628 por Adán de Opatow (Acta Sanctorum, oct., vol. VIII). El autor afirma que se basó en ciertos documentos que se conservaban en Cracovia, en particular en las notas de Matías de Miechow, contemporáneo de san Juan. Está fuera de duda que Matías de Miechow escribió realmente un relato sobre los milagros obrados por san Juan después de su muerte, ya que los bolandistas publicaron dicho documento. En Analecta Bollandiana, vol. VIII (1889), pp. 382-388, hay una nota sobre el sitio y la fecha del nacimiento de san Juan. E. Benoit publicó en 1862 una biografía en francés; en polaco existen numerosas biografías.

 

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Ingreso o última modificación relevante: ant 2012

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4585

 

San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia

 

 

San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia

 

Fecha: 21 de diciembre

Fecha en el calendario anterior: 27 de abril

n.: 1521 - †: 1597 - país: Suiza

Canonización: B: Pío IX 20 nov 1864 - C: Pío XI 21 may 1925

hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: San Pedro Canisio, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús y doctor de la Iglesia, que, enviado a Alemania, se dedicó con ahínco a defender la fe católica y a confirmarla con la predicación y los escritos, entre los que sobresale el Catecismo, y encontró el reposo de sus trabajos en Friburgo, población de Suiza.

 

Patronazgos: patrono de la prensa católica, de los redactores de catecismos.

Refieren a este santo: San Estanislao de Kostka, San Ignacio de Loyola

 

Oración: Señor, Dios nuestro, que fortaleciste a san Pedro Canisio con la virtud y la ciencia para salvaguardar la unidad de la fe, concede a la comunidad de creyentes perseverar en la confesión de tu nombre, y a todos los que buscan la verdad, el gozo de encontrarte. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

Se ha llamado a san Pedro Canisio el segundo apóstol de Alemania, comparándole con san Bonifacio, que fue el primero. También se le venera como uno de los creadores de la prensa católica. Además, fue el primero del numeroso ejército de escritores jesuitas. Nació en 1521, en Nimega de Holanda, que dependía entonces de la arquidiócesis alemana de Colonia. Era el hijo mayor de Jacobo Kanis, quien recibió un título de nobleza por haber desempeñado el oficio de tutor de los hijos del duque de Lorena y fue nueve veces burgomaestre de Nimega. Aunque Pedro tuvo la desgracia de perder a su madre cuando era todavía pequeño, su madrastra fue para él una segunda madre. El joven creció en el temor de Dios. Cierto que él mismo se acusa de haber perdido el tiempo, de niño, en juegos inútiles; pero, dado que a los dicienueve años obtuvo el grado de Maestro en Artes, en Colonia, resulta difícil creer que haya sido muy perezoso. Por complacer a su padre, que deseaba darle una carrera de abogado, Pedro estudió algunos meses el derecho canónico en Lovaina; pero, al caer en la cuenta de que ésa no era su verdadera vocación, desechó el matrimonio, hizo voto de castidad y volvió a Colonia a enseñar teología. La predicación del beato Pedro Fabro había despertado gran interés en las ciudades del Rin. Fabro era el primer discípulo de san Ignacio de Loyola. Bajo su dirección, hizo Canisio los Ejercicios de San Ignacio, en Mainz y durante la segunda semana, prometió a Dios ingresar en la Compañía de Jesús. Fue admitido en el noviciado y pasó varios años en Colonia, consagrado a la oración, al estudio, a visitar a los enfermos y a instruir a los ignorantes. El dinero que recibió como herencia a la muerte de su padre, lo dedicó en parte a los pobres y en parte al mantenimiento de la comunidad. Canisio había empezado ya a escribir. Su primera publicación había sido la edición de las obras de san Cirilo de Alejandría y san León Magno (no se ha probado que él haya sido el editor de los sermones de Juan Taulero, publicados en Colonia en 1543). Después de su ordenación sacerdotal, comenzó a distinguirse en la predicación. Había asistido a dos sesiones del Concilio de Trento como delegado: una en Trento y otra en Bolonia. De allí le llamó san Ignacio a Roma, donde le retuvo cinco meses, en los que Canisio dio pruebas de ser un religioso modelo, dispuesto a ir a cualquier parte y a desempeñar cualquier oficio. Fue enviado a Mesina a enseñar en la primera escuela de los jesuitas de la que la historia guarda memoria, pero al poco tiempo volvió a Roma a hacer su profesión religiosa y a desempeñar un cargo más importante.

 

Recibió la orden de volver a Alemania, pues había sido elegido para ir a Ingolstadt con otros dos jesuitas, ya que el duque Guillermo de Baviera había pedido urgentemente algunos profesores capaces de contrarrestar las doctrinas heréticas que invadían las escuelas. No sólo tuvo éxito Canisio en la reforma de la Universidad, de la que fue nombrado primero rector y luego vicecanciller, sino que, con sus sermones, consiguió la renovación religiosa, en la que también colaboró con su catequesis y su campaña contra la venta de libros inmorales. Grande fue el duelo general cuando el santo partió a Viena, en 1552, a petición dcl rey Fernando, para emprender una tarea semejante. La situación en Viena era peor que en Ingolstadt. Muchas parroquias carecían de atención espiritual, y los jesuitas tenían que llenar las lagunas y enseñar en el colegio recientemente fundado. En los últimos veinte años no hubo una sola ordenación sacerdotal; los monasterios estaban abandonados; las gentes se burlaban de los miembros de las órdenes religiosas; el noventa por ciento de la población había perdido la fe y los pocos católicos que quedaban, practicaban apenas la religión. San Pedro Canisio empezó por predicar en iglesias casi vacías, quizás por el desinterés general, o bien porque su alemán del Rin resultaba muy duro para los oídos de los vieneses. Pero, poco a poco, fue ganándose el cariño del pueblo por la generosidad con que atendió a los enfermos y agonizantes durante una epidemia. La energía y espíritu de empresa del santo eran extraordinarios; se ocupaba de todo y de todos, lo mismo de la enseñanza en la universidad, que de visitar en las cárceles a los criminales más abandonados. El rey, el nuncio y el mismo Papa hubiesen querido nombrarle arzobispo de la sede vacante de Viena, pero san Ignacio sólo permitió que administrase la diócesis durante un año, sin el título ni los emolumentos de arzobispo. Por aquella época, san Pedro empezó a preparar su famoso catecismo o «Resumen de la Doctrina Cristiana», que apareció en 1555. A esa obra siguieron un «Catecismo Breve» y un «Catecismo Brevísimo», que alcanzaron enorme popularidad. Dichas obras serían para la Contrarreforma Católica lo que los catecismos de Lutero habían sido para la Reforma Protestante. Fueron reimpresos más de doscientas veces y traducidos a quince idiomas (incluyendo el inglés, el escocés de Braid, el hindú y el japonés) en vida del autor. El santo no despertó, ni en ésas ni en sus otras obras, la hostilidad de los protestantes contra las verdades que sostenía, ya que nunca los atacó violentamente.

 

En Praga, a donde había ido a fundar un colegio, se enteró con gran pena de que había sido nombrado provincial de una nueva provincia, que comprendía el sur de Alemania, Austria y Bohemia. Inmediatamente escribió a san Ignacio: «Carezco absolutamente del tacto, la prudencia y la decisión necesarias para gobernar. Soy orgulloso y apresurado por temperamento, y mi falta de experiencia me hace totalmente inepto para el oficio de provincial». Pero san Ignacio sabía lo que hacía. En los dos años que pasó en Praga, Pedro Canisio devolvió la fe a gran parte de la ciudad, y el colegio que fundó era tan bueno, que aun los protestantes enviaban a él a sus hijos. En 1557, fue invitado a Worms a tomar parte en la discusión entre los teólogos católicos y protestantes. Asistió a dicha conferencia, aunque estaba convencido de que ese tipo de reuniones provocaban disputas que no hacían más que ensanchar el abismo que separaba a los cristianos. Es imposible, dado el reducido espacio de que disponemos, seguir al santo en los numerosos viajes de su provincialato y en sus múltiples actividades. El P. Brodrick calcula que, entre 1555 y 1558, recorrió diez mil kilómetros a pie y a caballo y que, en treinta años, anduvo cerca de treinta mil kilómetros. Para responder a quienes le criticaban por trabajar demasiado, el santo solía decir: «Quien tenga demasiado qué hacer será capaz de hacerlo todo con la ayuda de Dios».

 

Además de los colegios que fundó o inauguró, dispuso la fundación de muchos otros. En 1559, a instancias del rey Fernando, fue a residir a Augsburgo durante seis años. Ahí reavivó una vez más la llama de la fe, alentando a los fieles, tendiendo la mano a los caídos y convirtiendo a muchos herejes. Además, convenció a las autoridades para que abriesen de nuevo las escuelas públicas, que habían sido destruidas por los protestantes. Al mismo tiempo que hacía todo lo posible por impedir la divulgación de los libros inmorales y heréticos, divulgaba en cuanto podía los libros buenos, ya que comprendía, por intuición, la importancia que la prensa tendría con el tiempo. En aquella época recopiló y editó una selección de las cartas de san Jerónimo, el «Manual de los Católicos», un martirologio y una revisión del Breviario de Augsburgo. Durante mucho tiempo se siguió rezando en Alemania los domingos la oración general compuesta por el santo. Al fin de su provincialato, San Pedro residió en Dilinga de Baviera, donde los jesuitas tenían un colegio y dirigían la universidad. Además, allí residía también el cardenal Otón de Truchsess, que desde hacia largo tiempo era íntimo amigo del santo. Allí se dedicó sobre todo a la enseñanza, a oír confesiones y a escribir los primeros libros de una colección que había comenzado por orden de sus superiores. Dicha obra tenía por fin responder a una historia del cristianismo, muy anticatólica, que habían publicado recientemente los escritores protestantes, conocidos con el nombre de «Centuriadores de Magdeburgo». Alguien ha dicho que se trataba de «la primera y la peor de las historias de la Iglesia escritas por los protestantes». Canisio continuó su obra mientras desempeñaba el cargo de capellán de la corte en Innsbruck y sólo la interrumpió en 1577, a causa de su mala salud. Sin embargo, seguía tan activo como siempre, pues predicaba, daba misiones, acompañaba al provincial en sus visitas y aun desempeñó, durante algún tiempo, el puesto de viceprovincial.

 

 

 

En 1580 se hallaba en Dilinga, cuando recibió la orden de ir a Friburgo de Suiza. Dicha ciudad, que se hallaba situada entre dos regiones muy protestantes, quería que se fundase desde hacía tiempo un colegio católico, pero, además de otros obstáculos que se oponían a la empresa se carecía de fondos suficientes para realizarla. En pocos años, venció san Pedro Canisio esos obstáculos y consiguió dinero, eligió el sitio y supervisó la erección del espléndido colegio que es en la actualidad la Universidad de Friburgo, aunque nunca fue rector ni profesor en él (no debe confundirse el cantón suizo de Friburgo y su universidad con la ciudad alemana de Friburgo de Brisgovia, cuya universidad es no menos famosa que la suiza). Además del interés con que seguía los progresos del colegio, su principal actividad, durante los ocho años que pasó en Friburgo, fue la predicación; los domingos y días de fiesta predicaba en la catedral y, entre semana, visitaba los pueblos del cantón. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que a san Pedro Canisio se debe el que Friburgo haya conservado la fe en una época tan crítica. La debilidad obligó al santo a renunciar a la predicación. En 1591, un ataque de parálisis le puso a las puertas de la muerte, pero se rehizo lo suficiente para seguir escribiendo, con la ayuda de un secretario, hasta poco antes de su muerte, que aconteció el 21 de diciembre de 1597.

 

San Pedro Canisio fue canonizado y declarado doctor de la Iglesia en 1925. Una de las principales lecciones de su vida es el espíritu y el estilo de sus controversias religiosas. El mismo san Ignacio había insistido en la necesidad de dar «ejemplo de caridad y moderación cristianas en Alemania». San Pedro Canisio advertía que era un error «citar en una conversación los temas que antipatizan a los protestantes ... , como la confesión, la satisfacción, el purgatorio, las indulgencias, los votos monásticos y las peregrinaciones, pues, como algunos enfermos, tienen el paladar estragado, son incapaces de apreciar esos manjares. Necesitan leche, como los niños; sólo poco a poco es posible llevarles a aceptar los dogmas sobre los que no estamos de acuerdo con ellos». San Pedro Canisio se mostraba duro con los que propagaban la herejía y, como la mayor parte de sus contemporáneos, estaba dispuesto a emplear la fuerza para impedírselo. Pero su actitud era muy diferente con quienes habían nacido en el luteranismo o habían sido arrastrados a él. El santo pasó toda su vida oponiéndose a la herejía y tratando de restaurar la fe y la vida católicas. Sin embargo decía, hablando de los alemanes: «Es cierto que muchísimos de ellos abrazan las nuevas sectas y yerran en la fe, pero su manera de proceder demuestra que lo hacen más por ignorancia que por malicia. Yerran, lo repito, pero sin intención, sin deseo y sin obstinación». Según san Pedro Canisio, no había que enfrentarse ni siquiera a los más conscientes y peligrosos de los herejes «con aspereza y descortesía, pues ello no sólo es el reverso del espíritu de Cristo, sino que equivale a quebrar la rama desquebrajada y a apagar la mecha que humea todavía».

 

Dada la relación de la vida de San Pedro Canisio con la historia religiosa de Europa central, cualquier bibliografía resulta superficial. Sin embargo, tenemos que citar la colección de sus cartas, editadas en ocho volúmenes por el P. O. Braunsberger, con notas muy abundantes e índices extraordinariamente detallados. También hay documentos muy importantes en la obra de J. Metzler, Die Bekentnisse des Heiligen P. Canisius und sein Testament y en muchos de los volúmenes de Monumenta Historica S.I. Las biografías son muy numerosas, especialmente en alemán; mencionemos las de O. Braunsberger, J. Metzler y A. O. PIülf, y en francés las de Michel, J. Genoud y E. Morland. Hay una interesante Carta de SS Juan Pablo II a los obispos alemanes con ocasión del cuarto centenario de la muerte del santo.

 

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Ingreso o última modificación relevante: ant 2012

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4572

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Beato Carlo Acutis

 


La extraordinaria ordinaria vida de Carlo Acutis

 

Esta tarde, Carlo Acutis, el genio de la informática que amaba profundamente la Eucaristía, será declarado Beato en Asís. Antonia Salzano, madre de Carlo, abre su corazón sobre aquello que más le impactó de su hijo.

Por Angela Mengis Palleck

 

Hay Santos para todos los gustos, patrones para todas las profesiones, pero faltaba un Santo patrono de Internet. Este sábado, Carlo Acutis será declarado beato en Asís, su “lugar favorito en el mundo”. Un chico normal, con sus defectos y virtudes, que luchó por colocar a Dios en primer lugar y que usó internet para evangelizar. Antonia Salzano, madre de Carlo, abre su corazón sobre aquello que más le impactó de su hijo, y su gran amor a la Eucaristía. Amor que le llevó a pasar horas y horas de trabajo de investigación para crear una página web y una exposición con los principales milagros eucarísticos que, hoy todavía sigue siendo visitada por miles de personas de todo el mundo. Y no es para menos, como él decía, “La Eucaristía es mi autopista hacia el cielo”.

 

“Carlo fue mi salvación”, revela su madre. El amor apasionado que su hijo sentía por Jesús, llevó a que esta mujer, joven, exitosa, de una familia intelectual y alejada de la fe, se cuestionara su forma de vivir. Había ido tres veces a Misa en su vida: su Bautismo, su primera Comunión y la boda. Hasta que el pequeño Carlo, de cuatro años, la llevó a “entrar en las iglesias para decirle ‘hola’ y mandarle ‘besos’ a Jesús en la Cruz”. Se apuntó a unas clases de teología para responder a las miles de preguntas de su inquieto hijo y poco a poco tuvo una conversión. Habría que matizar aquí que fue su niñera polaca, Beata, quien le habló primero de Dios. Quizá fue ella la responsable de todo.

 

La piedad del pequeño no hacía más que crecer y a los 7 años recibió su primera comunión en el silencio del monasterio de Bernaga en Perego, para evitar distracciones.  Desde entonces, Carlo asistía a Misa diaria, rezaba el Rosario y dedicaba un rato de adoración antes o después de la Eucaristía. “No hablo con palabras, solo me recuesto sobre su pecho, como San Juan en la Cena”, así describía su forma de orar.

 

Hoy, Carlo sigue evangelizando a la familia. Antonia tuvo mellizos en 2010, Francesca y Michele, cuando ya había cumplido 44 años, cuatro años después de la muerte de su hijo. Los mellizos siempre han escuchado hablar de su hermano, así que para ellos es natural tener un Santo en la familia. “Son niños muy devotos y aunque se pelean por ver quien reza el rosario, son muy especiales. Estoy segura de que Carlo está intercediendo por ellos desde el cielo” dice su madre.  

 

Su gran amor por la Eucaristía

La Feria de Rimini, el mayor evento cultural católico italiano, organizado por Comunión y Liberación, con una masiva participación de jóvenes, fue donde Carlo se inspiró para su gran proyecto. En este festival de exposiciones y encuentros que profundizan sobre la sociedad, la cultura y la fe, nace en Carlo el deseo de crear una exposición sobre los distintos milagros eucarísticos que tuvieron lugar en la historia. Su trabajo de investigación, que comenzó cuando tan solo tenía 11 años, dio como resultado una obra que explica los hechos milagrosos en torno a la Eucaristía en 20 países, con 160 paneles que pueden descargarse de Internet en su web http://www.miracolieucaristici.org y que han recorrido más de 10.000 parroquias en todo el mundo. Su madre no oculta su emoción al contar lo impresionante que era “ver a un niño tan joven pasar horas y horas trabajando con el ordenador en vez de jugar a los videojuegos o con sus amigos. Quería que todos amasen a Dios y comprendieran que “la Eucaristía es lo más increíble que hay en el mundo”. Y más que impresionante, porque para su obra agotó 3 ordenadores y pidió a sus padres acompañarle por un viaje por toda Italia y parte de Europa para recabar material fotográfico.

 

Las luchas de Carlo

Carlo era un poco “glotón y goloso, porque le encantaba comer Nutella y helados” dice su madre entre risas, porque cuando se le pregunta sobre Carlo, tiene muchísimas anécdotas que contar. Recuerda que hubo un momento que comer tanto hizo que ganara eso y engordó, lo que le llevó a adquirir un sentido del equilibrio y luchó por la virtud de la templanza. Le habían regalado un diario que utilizó para su mejora personal, colocando notas por su comportamiento, por ejemplo, “cómo me comporto con mis padres, compañeros y profesores”. Esto demuestra “la lucha que tuvo consigo mismo, era muy estricto y no dejaba pasar ni una” dice Antonia, mezclando italiano, español e inglés.  Carlo tenía también detalles con las señoras que venían a limpiar la casa. Algunos de los cuales están grabados en la memoria de Antonia: “A pesar de que era su trabajo, a Carlo no le parecía bien que tuvieran que recoger su desorden. Intentaba despertarse un poco antes para tener la habitación limpia y hacer la cama”. La revista Huellas recoge el testimonio de uno de los empleados del hogar: “Rajesh era hindú. Entre él y Carlo nació una profunda amistad, hasta el punto de que Rajesh se convirtió y pidió recibir los sacramentos. Cuenta Rajesh que: «Me decía que sería más feliz si me acercaba a Jesús. Pedí el Bautismo cristiano porque él me contagió y cautivó con su profunda fe, su caridad y su pureza. Siempre le consideré como alguien fuera de lo normal, porque un chico tan joven, tan guapo y tan rico normalmente prefiere llevar una vida distinta».

 

Cosas sencillas, pequeños detalles que mejoraban la vida de los demás. En este sentido, su madre cuenta impresionada la “caridad y la generosidad que Carlo tenía con todos” que es lo que contesta cuando se le pregunta sobre lo que más le impactaba de su hijo. Con sus primeros ahorros le compró un saco de dormir a un mendigo que siempre veía camino de Misa. En su cuaderno de apuntes personales escribió: “La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios. La conversión no es otra cosa que desviar la mirada desde abajo hacia lo alto. Basta un simple movimiento de ojos”. 

 

Paralela a la gran labor entre sus compañeros, Carlo también tenía que luchar por una tendencia natural a hacer “el payaso” y hacer reír a la clase, incluso a sus profesores. Pero se daba cuenta que molestaba, de modo que se esforzó en mejorar en este aspecto también. Solía decir: “De qué sirve ganar 1.000 batallas si no puedes vencer tus propias pasiones. La verdadera batalla tiene lugar dentro de nosotros mismos.”

 

Sobre el tema de la castidad, la madre cuenta como Carlo “tenía muchas chicas que estaban enamoradas de él: era un joven guapo, rico y con éxito. No le hubiese sido difícil tener muchas novias si hubiese querido”. Pero era consciente de la “gran dignidad de cada ser humano y de que cada persona refleja la luz de Dios”. Estaba verdaderamente convencido de que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo”. En esa línea tenía claro, reflexiona Antonia, “que la sexualidad era algo muy especial y que tenía que ser para el propósito que Dios la había creado”. Así que solía hablar con sus compañeros de clase y los animaba a la castidad. Le dolía mucho ver cómo los jóvenes usaban la pornografía para su propio placer, lo que era una falta de caridad y de alguna manera, “era traicionar el proyecto que Dios tenía para ellos”. Su madre explica que Carlo se confesaba con frecuencia, ya que “igual que para viajar en globo hay que descargar peso, también el alma para elevarse al Cielo necesita quitarse de encima esos pequeños pesos que son los pecados veniales”. 

 

Un milenial muy Santo

“Hay algo muy oscuro de Internet que puede ser transformado si la tecnología es usada para un buen propósito” dice Antonia, “Carlo lo hizo para evangelizar y es un gran signo de esperanza”. No puede más que enorgullecerse de la gran labor que hizo su hijo con la tecnología y por ser ejemplo para tantos jóvenes de su generación. Carlo les decía a sus amigos que para ellos también había “un propósito especial de Dios desde la Eternidad”. Y que ellos también pueden hacer mucho más de lo que él hizo, “pueden ser Santos, lo importante es quererlo”, les decía.

 

El Papa Francisco habla del futuro beato en su exhortación apostólica “Christus Vivit”. En este documento, publicado tras el sínodo de los Obispos que tuvo como eje central a los jóvenes, su Santidad menciona el riesgo del mundo digital que puede colocar a los jóvenes “en el riesgo del ensimismamiento, aislamiento o del placer vacío”. En ese sentido, cita a un joven “creativo y genial”, el venerable Carlos Acutis, quien “sabía muy bien que esos mecanismos de la comunicación, de la publicidad y de las redes sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo u obsesionados con el tiempo libre”. En cambio, él fue capaz de usar las “nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio y para comunicar valores y belleza”.

 

El Papa Francisco alaba en ese sentido al nuevo beato que “no cayó en la trampa. Veía a muchos jóvenes que terminan siendo más de lo mismo, corriendo detrás de lo que les imponen los poderosos a través de mecanismos de consumo y atontamiento. De ese modo, no dejan brotar los dones que el Señor les ha dado”. Y efectivamente, Carlo decía refiriéndose a esto que “todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”.

 

Inesperadamente…

Verano de 2006 y Carlo le pregunta a su madre: “¿Crees que debo ser sacerdote?” Ella le responde: “Lo irás viendo tú solo, Dios te lo irá revelando”. Ese comienzo de curso no se encontraba bien… parecía una gripe normal. Nadie se lo esperaba. Al entrar en el hospital, confió a su madre: “De aquí ya no salgo”. Efectivamente, se le diagnosticó una de las peores leucemias, de tipo M3. Diría a sus padres: “Ofrezco al Señor los sufrimientos que tendré que padecer por el Papa y por la Iglesia, para no tener que estar en el Purgatorio y poder ir directo al cielo”. Pidió la Unción de Enfermos y murió el 12 de octubre. En el funeral no cabía nadie más: muchas personas que la familia no había visto en la vida. Y es que Carlo, a escondidas, había ayudado a un innumerable número de almas, como inmigrantes y personas sin techo en la calle, con quienes compartía su comida. ¡En el funeral había muchísimas personas sin recursos! “Un montón de gente me hablaba de Carlo, y yo no sabía nada. Me daban testimonio de la vida de mi hijo, y yo me sentía huérfana”, confiesa Antonia. 

 

El milagro

“¡Quiero parar de vomitar!”. La petición de un niño brasileño de seis años que debido a una malformación no podía dejar de vomitar y su total e inexplicable curación, en el momento de hacer la oración al venerable Carlos Acutis es considerado milagro suficiente para que el venerable pase a la fase II, la beatificación. El 18 de octubre de 2019, el equipo técnico de médicos de la Congregación para la Causa de los Santos recibió el dossier del presunto milagro acaecido en Brasil. El 14 de noviembre de 2019, dio un dictamen positivo.

 

Los hechos tuvieron lugar el 12 de octubre de 2010 en la capilla de Nuestra Señora Aparecida de Campo Grande, Brasil. Exactamente cuatro años después de la muerte de Carlo. Un niño que sufría un páncreas anular se acercó a besar una reliquia del futuro beato. El Padre Tenorio, vice postulador de la Causa de Carlos Acutis señaló que “la enfermedad causaba que el niño vomitara todo el tiempo, lo que le debilitaba mucho puesto que todo lo que comía lo devolvía”.  En la fila para la bendición de la reliquia, el niño le preguntó al abuelo lo que debía pedir a lo que éste contestó: “dejar de vomitar”. Desde ese momento ya no vomitó más y las pruebas médicas demostraron que estaba completamente curado.

 

Monseñor Ennio Apeciti, responsable de la Oficina para las Causas de los Santos de la Archidiócesis de Milán, dijo: “su fama de Santidad se ha difundido por todo el mundo, de forma misteriosa, como si Alguien quisiera darlo a conocer. En torno a su vida ha sucedido algo grande, frente a lo cual me arrodillo”. “Está siendo sacerdote desde el cielo”, dice su madre, “él, que no conseguía entender por qué los estadios estaban llenos de gente y las iglesias vacías, repetía: ‘tienen que ver, tienen que entender’”.