martes, 1 de diciembre de 2020

Santa Inés, virgen y mártir

 



Santa Inés, virgen y mártir


Fecha: 21 de enero
†: s. III/IV - país: Italia
Otras formas del nombre: Agnes

Canonización: pre-congregación
Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Elogio: Memoria de santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad. Victoriosa sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura.

Patronazgos: patrona de la castidad, y de vírgenes, novias, niños y jardineros.

Tradiciones, refranes, devociones: Día de santa Inés, lluvia una sola vez.

Oración: Dios todopoderoso y eterno, que eliges a los débiles para confundir a los fuertes de este mundo, concédenos a cuantos celebramos el triunfo de tu mártir santa Inés imitar la firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).


Santa Inés ha sido siempre considerada en la Iglesia como patrona de la pureza. Es una de las más populares santas cristianas, y su nombre está incluido en el canon I de la misa. Roma fue el escenario de su triunfo, y Prudencio nos dice que su tumba podía verse desde la ciudad. Probablemente, fue martirizada al principio de la persecución de Diocleciano, quien publicó sus crueles edictos en marzo del año 303. San Ambrosio y san Agustín nos informan que santa Inés sólo tenía trece años cuando fue martirizada. Sus riquezas y hermosura hacían que los jóvenes de las principales familias romanas rivalizaran por su mano; pero Inés respondía a todos que había consagrado su virginidad a un esposo celestial, invisible a los ojos del cuerpo. No pudiendo hacerla vacilar en su resolución, sus pretendientes la denunciaron como cristiana al gobernador, seguros de que las amenazas y torturas serían más eficaces con una jovencita que no se dejaba vencer por los halagos. El juez empleó al principio palabras bondadosas y le hizo grandes promesas; pero Inés permaneció inconmovible, declarando que su único esposo era Jesucristo. Entonces el juez recurrió a las amenazas, que no lograron más que poner de manifiesto el valor de la joven y su decisión de aceptar los tormentos y la muerte. El juez mandó entonces encender grandes hogueras y desplegar ante los ojos de Inés los garfios de hierro y otros instrumentos de tortura, amenazándola con pasar a la ejecución; pero ella estaba tan lejos de temer la tortura que, con el rostro resplandeciente de alegría, se ofreció a tenderse en el potro. El juez ordenó que la llevasen arrastrando ante los ídolos y que la obligasen a ofrecerles incienso; pero, según nos dice san Ambrosio, los verdugos no consiguieron mover sus manos, excepto para trazar la señal de la cruz.

Al ver esto, el gobernador la amenazó con enviarla a una casa de prostitución, donde su virginidad, que tanto apreciaba, quedaría expuesta a los insultos de la brutal y licenciosa juventud romana. [Tertuliano hace el siguiente comentario sobre esta forma de tortura: «Al condenar a una doncella cristiana a los abusos de una juventud licenciosa, más bien que a los leones, no hacéis sino reconocer que nosotros tememos más una mancha de la pureza que cualquier tormento y aun que la misma muerte. Vuestro cruel proceder no os sirve de nada, porque más bien gana adeptos a nuestra santa religión».] Inés respondió que Jesucristo era demasiado celoso de su pureza para permitir que ésta fuera así violada, pues Él era su defensor y protector. «Puedes -le dijo- manchar tu espada con mi sangre, pero jamás podrás profanar mi cuerpo consagrado a Cristo». El gobernador se enfureció tanto que mandó que la llevaran inmediatamente al lupanar y que se diera a todos libertad para abusar de ella a su gusto. Muchos jóvenes licenciosos, llenos de malos deseos, acudieron al punto; pero la vista de la santa les produjo tal terror, que no se atrevieron a acercársele, excepto uno, que fue cegado por una luz bajada del cielo y cayó temblando por tierra. Sus compañeros, atemorizados, le transportaron a los pies de la santa que, al verlo, comenzó a cantar himnos de alabanza a Cristo, su protector. La virgen obtuvo con sus oraciones que la vista y la salud le fuesen devueltas.

El principal acusador de la santa, que al principio sólo había pretendido satisfacer su avaricia y sus bajas pasiones, incitaba ahora furiosamente contra ella al gobernador, poseído del espíritu de venganza. Pero el gobernador no necesitaba que le azuzaran, pues estaba en el colmo de la ira al verse ridiculizado por una simple jovencita. Así pues, la condenó a ser decapitada. Trasportada de gozo al oír la sentencia, «Inés fue al sitio de la ejecución con más alegría que una joven va al matrimonio», según la expresión de san Ambrosio. El verdugo tenía instrucciones de emplear todos los medios para doblegarla, pero Inés permaneció inconmovible y, tras una corta oración, tendió el cuello a la espada. Los espectadores lloraban al ver a la hermosa muchacha cargada de cadenas y ofreciendo su cuello al verdugo. Finalmente éste descargó el golpe con mano temblorosa. El cuerpo de la santa fue sepultado a corta distancia de Roma, junto a la Vía Nomentana.

Hay que añadir a esta narración de Alban Butler, quien se fundó principalmente en Prudencio, que los historiadores modernos se inclinan a pensar que los detalles del relato no son fidedignos. Como lo hacen notar, las «actas» de santa Inés -atribuidas sin razón suficiente a san Ambrosio- no pueden ser anteriores al año 415 y constituyen simplemente un intento de síntesis y armonización de los datos de las diversas tradiciones. San Ambrosio, en su sermón «De Virginibus» (377 d.C.), dice que santa Inés, en su martirio «cervicem inflexit» («dobló el cuello»), y de allí se ha deducido que fue decapitada. Esta suposición encuentra un apoyo en la afirmación explícita de Prudencio de que la cabeza de santa Inés cayó al primer golpe. Por otra parte, el epitafio escrito por el Papa san Dámaso habla de «llamas», pero sin añadir más detalles sobre la muerte; y el hermoso himno «Agnes beatae virginis» (que Walpole, Dreves y otros autores consideran como obra genuina de san Ambrosio), deja ver claramente que la santa no fue decapitada, pues en tal caso no habría podido cubrirse modestamente después de recibir el golpe («percussa»), ni llevarse las manos al rostro. Parece evidente que el autor del himno supone que santa Inés recibió una herida en el cuello o en el pecho. De estas aparentes contradicciones, muchos autores deducen que ya en la segunda mitad del siglo cuarto, se había perdido la memoria de las circunstancias exactas del martirio, y que sólo quedaba una vaga tradición.

En todo caso, no hay duda posible de que santa Inés fue realmente martirizada y enterrada junto a la Vía Nomentana, en el cementerio que tomaría su nombre. Constantina, hija de Constantino y esposa de Galo, erigió allí una basílica en honor de la santa, antes del año 354. Se conserva todavía la inscripción del ábside, en versos acrósticos, pero lo único que dice sobre santa Inés es que fue «virgen» y «victoriosa». El nombre de santa Inés se halla en la «Depositio martyrum» del año 354, el 21 de enero, y allí mismo se señala el sitio de su sepultura. Existen también muchas pruebas del antiquísimo culto que se rendía a la santa, tanto en los objetos de arte, como en las importantes y frecuentes menciones de su nombre en la literatura cristiana. «Inés, Tecla y María estaban conmigo», dijo san Martín a Sulpicio Severo.

El P. Jubaru cree haber descubierto el relicario que contenía una gran parte del cráneo de la santa, en la tesorería del «Sancta Sanctorum» de Letrán. Dicha tesorería fue abierta en 1903 por orden del Papa León XIII, después de haber estado cerrada durante varios siglos. El P. Grisar, S. J., y muchos otros arqueólogos consideran la reliquia como probablemente auténtica, ya que en el siglo IX se hizo costumbre separar el cráneo de los demás huesos para conservar los restos de los santos en las iglesias. También parece cierto que el cuerpo de santa Inés se conservaba hasta dicha época bajo el altar de su basílica, y que, en 1605, se comprobó que el cráneo no estaba con los demás huesos. A raíz de un examen médico de los fragmentos de cráneo descubiertos en el «Sancta Sanctorum», el Dr. Lapponi dictaminó que los dientes demostraban con absoluta evidencia que el cráneo era de una niña de unos trece años de edad. Todos los autores actuales afirman que los extravagantes milagros narrados en las llamadas «actas» son una invención del biógrafo. Así pues, el caso de santa Inés constituye la mejor prueba de que las absurdas leyendas inventadas por biógrafos deseosos de glorificar a sus biografiados, no demuestran por sí mismas que los santos no hayan existido.

Las representaciones artísticas pintan a santa Inés con un cordero y una palma. El origen del cordero es sin duda la semejanza entre las palabras latinas «agnus» (cordero) y «Agnes» (Inés). En la iglesia de Santa Inés, en Roma, se ofrecen cada año dos corderitos el día de la fiesta de la santa, en el momento en que el coro entona la antífona «Stans a dextris ejus agnus, nive candidior, Christus sive sponsam et martyrem consecravit» (Permaneciendo "agnus" [cordero, puro, víctima] a su derecha, creador de la nieve [la pureza-blancura], Cristo como esposa y mártir la consagró). Dichos animales son alimentados hasta que llega el momento de usar su lana para tejer los palios que se colocan en el altar de la Confesión, sobre el cuerpo del Apóstol san Pedro, en la vigilia de la fiesta de san Pedro y san Pablo. Esos palios son después enviados a los obispos de Occidente, en señal de que su jurisdicción proviene en último término de la Santa Sede.

Las «actas» de santa Inés se encuentran en Acta Sanctorum, 21 de enero. Las «actas» griegas fueron editadas por primera vez por P. Franchi de Cavalieri, S. Agnese nella tradizione e nella legenda (1899), junto con una seria discusión de todo el tema. Ver también la monografía del P. Jubaru, Sainte Agnes d´aprés de nouvelles recherches (1907), y Sainte Agnés, vierge et martyre (1909); DAC, vol. I, cc. 905-965; Analecta Bollandiana, vol. XIX (1900), pp. 227-228; P. Franchi, en Studi e Testi, vol. XIX, pp. 141-164; Bessarione, vol. VIII (1911), pp. 218-245; Líber Pontificalis (ed. Duchesne), vol. I, p. 196; CMH., pp. 52-53, 66; S. Báumer Geschichte des Breviers (1895), p. 325; sobre las reliquias, cf. Grisar, Die romische Kapelle Sancta Sanctorum und ihr Schatz (1908), p. 103. Cf. igualmente S. Ambrosio, De Virginibus, en Migne, PL., vol. XVI, cc. 200-202; y Prudencio, Peristephanon, 14.


Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_264


San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia

 


presbítero y doctor de la Iglesia



Fecha: 13 de junio
n.: c. 1195 - †: 1231 - país: Italia
Canonización: C: Gregorio IX 1 jun 1232
Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: Memoria de san Antonio, presbítero y doctor de la Iglesia, que, nacido en Portugal, primero fue canónigo regular y después entró en la Orden recién fundada de los Hermanos Menores, para propagar la fe entre los pueblos de África, pero se dedicó a predicar por Italia y Francia, donde atrajo a muchos a la verdadera fe. Escribió sermones notables por su doctrina y estilo, y por mandato de san Francisco enseñó teología a los hermanos, hasta que en Padua descansó en el Señor.

Patronazgos: patrono de Padua, Lisboa, y otras ciudades europeas; de los pobres y los trabajadores sociales; de los enamorados y los matrimonios; de las mujeres, los niños y los viajeros; de los panaderos, mineros y porquerizos; protector de los caballos y burros; contra la infertilidad, la fiebre, la peste, y las enfermedades del ganado; para invocar especialmente en situaciones de naufragio, peligro de guerra, para recuperar objetos perdidos, y por una buena cosecha.

Tradiciones, refranes, devociones: La tradición popular más conocida relacionada con el santo es la de que las solteras pongan una imagen suya cabeza abajo para pedir novio (por supuesto, la imagen no se vuelve al derecho hasta que no hace el milagro).
Refrán: La moza que a San Antonio bese el pie, casará bien.

Refieren a este santo: Beata Elena Enselmini, Beato Jordán Forzaté, Beato Juan de Pina


Oración: Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén
(Oración litúrgica).

A pesar de que Antonio era de nacionalidad portuguesa y había nacido en Lisboa, adquirió el apellido por el que lo conoce el mundo, de la ciudad italiana de Padua, donde vivió hasta su muerte y donde todavía se veneran sus reliquias.

Vino al mundo en 1195 y en la pila bautismal se le llamó Fernando, nombre éste que cambió por el de Antonio al ingresar en la Orden de Frailes Menores, por devoción al gran patriarca de los monjes y patrono titular de la capilla en que recibió el hábito franciscano. 

Sus padres, jóvenes miembros de la nobleza de Portugal, dejaron que los clérigos de la Catedral de Lisboa se encargaran de impartir los primeros conocimientos al niño, pero cuando éste llegó a la edad de quince años, fue puesto al cuidado de los canónigos regulares de San Agustín, que tenían su casa cerca de la ciudad. 

Dos años después, obtuvo permiso para ser trasladado al priorato de Coimbra, por entonces capital de Portugal, a fin de evitar las distracciones que le causaban las constantes visitas de sus amistades. Una vez en Coimbra, se dedicó por entero a la plegaria y el estudio; gracias a su extraordinaria memoria retentiva, llegó a adquirir, en poco tiempo, los más amplios conocimientos sobre la Biblia. En el año de 1220, el rey Don Pedro de Portugal regresó de una expedición a Marruecos y trajo consigo las reliquias de los santos frailes franciscanos que, poco tiempo antes, habían obtenido allá un glorioso martirio. 

Fernando, que por entonces había pasado ocho años en Coímbra, se sintió profundamente conmovido a la vista de aquellos despojos y, al mismo tiempo, nació en lo íntimo de su corazón el anhelo de dar la vida por Cristo. Comprendió al punto que, como canónigo regular, nunca llegaría a realizar su aspiración y, desde aquel momento, buscó ansiosamente una oportunidad de poner en práctica sus deseos. La ocasión se presentó poco después, cuando algunos frailes franciscanos llegaron a hospedarse en el convento de la Santa Cruz, donde estaba Fernando; éste les abrió su corazón y fue tan empeñosa su insistencia, que a principios de 1221, se le admitió en la orden.

Casi inmediatamente después, se le autorizó para embarcar hacia Marruecos a fin de predicar el Evangelio a los moros. Pero no bien llegó a aquellas tierras donde pensaba conquistar la gloria, cuando fue atacado por una grave enfermedad que le dejó postrado e incapacitado durante varios meses y, a fin de cuentas, fue necesario devolverlo a Europa. 

La nave en que se embarcó, empujada por vientos contrarios, se desvió de la ruta y Fray Antonio se encontró en Messina, la capital de Sicilia. Con grandes penalidades, viajó desde la isla a la ciudad de Asís donde, según le habían informado sus hermanos en Sicilia, iba a llevarse a cabo un capítulo general. Aquella fue la gran asamblea de 1221, el último de los capítulos que admitió la participación de todos los miembros de la orden; estuvo presidido por el hermano Elías como vicario general y san Francisco, sentado a sus pies, estaba presente. Indudablemente que aquella reunión impresionó hondamente al joven fraile portugués.

Tras la clausura, los hermanos regresaron a los puestos que se les habían señalado, y Antonio fue a hacerse cargo de la solitaria ermita de San Paolo, cerca de Forlì. Hasta ahora se discute el punto de si, por aquel entonces, Antonio era o no era sacerdote; pero lo positivo es que nadie ha puesto en tela de juicio los extraordinarios dones intelectuales y espirituales del joven y enfermizo fraile que nunca hablaba de sí mismo. Cuando no se le veía entregado a la oración en la capilla o en la cueva donde vivía, estaba al servicio de los otros frailes, ocupado sobre todo en la limpieza de los platos y cacharros, después del almuerzo comunal.

Mas no estaban destinadas a permanecer ocultas las claras luces de su intelecto. Sucedió que al celebrarse una ordenación en Forlì, los candidatos franciscanos y dominicos se reunieron en el convento de los Frailes Menores de aquella ciudad. Seguramente a causa de algún malentendido, ninguno de los dominicos había acudido ya preparado a pronunciar la acostumbrada alocución durante la ceremonia y, como ninguno de los franciscanos se sentía capaz de llenar la brecha, se ordenó a san Antonio, ahí presente, que fuese a hablar y que dijese lo que el Espíritu Santo le inspirara. El joven obedeció sin chistar y, desde que abrió la boca hasta que terminó su improvisado discurso, todos los presentes le escucharon como arrobados, embargados por la emoción y por el asombro, a causa de la elocuencia, el fervor y la sabiduría de que hizo gala el orador. En cuanto el ministro provincial tuvo noticias sobre los talentos desplegados por el joven fraile portugués, lo mandó llamar a su solitaria ermita y lo envió a predicar en varias partes de la Romagna, una región que, por entonces, abarcaba toda la Lombardía.

En un momento, Antonio pasó de la oscuridad a la luz de la fama y obtuvo, sobre todo, resonantes éxitos en la conversión de los herejes, que abundaban en el norte de Italia, y que, en muchos casos, eran hombres de cierta posición y educación, a los que se podía llegar con argumentos razonables y ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras. Además de la misión de predicador, se le dio el cargo de lector en teología entre sus hermanos. Aquella fue la primera vez que un miembro de la Orden Franciscana cumplía con aquella función. En una carta que, por lo general, se considera como perteneciente a san Francisco, se confirma este nombramiento con las siguientes palabras: «Al muy amado hermano Antonio, el hermano Francisco le saluda en Jesucristo. Me complace en extremo que seas tú el que lea la sagrada teología a los frailes, siempre que esos estudios no afecten al santo espíritu de plegaria y devoción que está de acuerdo con nuestra regla». Sin embargo, se advirtió cada vez con mayor claridad que, la verdadera misión del hermano Antonio estaba en el púlpito.

Por cierto que poseía todas las cualidades del predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, un ardiente celo por el bien de las almas y una voz sonora y bien timbrada que llegaba muy lejos. Por otra parte, se afirmaba que estaba dotado con el poder de obrar milagros y, a pesar de que era de corta estatura y con cierta inclinación a la corpulencia, poseía una personalidad extraordinariamente atractiva, casi magnética.

A veces, bastaba su presencia para que los pecadores cayesen de rodillas a sus pies; parecía que de su persona irradiaba la santidad. A donde quiera que iba, las gentes le seguían en tropel para escucharle, y con eso había para que los criminales empedernidos, los indiferentes y los herejes, pidiesen confesión. Las gentes cerraban sus tiendas, oficinas y talleres para asistir a sus sermones; muchas veces sucedió que algunas mujeres salieron antes del alba o permanecieron toda la noche en la iglesia, para conseguir un lugar cerca del púlpito. Con frecuencia, las iglesias eran insuficientes para contener a los enormes auditorios y, para que nadie dejara de oírle, a menudo predicaba en las plazas públicas y en los mercados.

Poco después de la muerte de san Francisco, el hermano Antonio fue llamado, probablemente con la intención de nombrarle ministro provincial de la Emilia o la Romagna. En relación con la actitud que asumió el santo en las disensiones que surgieron en el seno de la orden, los modernos historiadores no dan crédito a la leyenda de que fue Antonio quien encabezó el movimiento de oposición al hermano Elías y a cualquier desviación de la regla original; esos historiadores señalan que el propio puesto de lector en teología, creado para él, era ya una innovación. Más bien parece que, en aquella ocasión, el santo actuó como un enviado del capítulo general del 1226 ante el Papa, Gregorio IX, para exponerle las cuestiones que hubiesen surgido, a fin de que el Pontífice manifestara su decisión. En aquella oportunidad, Antonio obtuvo del Papa la autorización para dejar su puesto de lector y dedicarse exclusivamente a la predicación. El Pontífice tenía una elevada opinión sobre el hermano Antonio, a quien cierta vez llamó «el Arca de los Testamentos», por los extraordinarios conocimientos que tenía de las Sagradas Escrituras.

Desde aquel momento, el lugar de residencia de San Antonio fue Padua, una ciudad donde anteriormente había trabajado, donde todos le amaban y veneraban y donde, en mayor grado que en cualquier otra parte, tuvo el privilegio de ver los abundantísimos frutos de su ministerio. Porque no solamente escuchaban sus sermones multitudes enormes, sino que éstos obtuvieron una muy amplia y general reforma de conducta. Las ancestrales disputas familiares se arreglaron definitivamente, los prisioneros quedaron en libertad y muchos de los que habían obtenido ganancias ilícitas las restituyeron, a veces en público, dejando títulos y dineros a los pies de san Antonio, para que éste los devolviera a sus legítimos dueños. Para beneficio de los pobres, denunció y combatió el muy ampliamente practicado vicio de la usura y luchó para que las autoridades aprobasen la ley que eximía de la pena de prisión a los deudores que se manifestasen dispuestos a desprenderse de sus posesiones para pagar a sus acreedores. Se dice que también se enfrentó abiertamente con el violento duque Eccelino para exigirle que dejase en libertad a ciertos ciudadanos de Verona que el duque había encarcelado. A pesar de que no consiguió realizar sus propósitos en favor de los presos, su actitud nos demuestra el respeto y la veneración de que gozaba, ya que se afirma que el duque le escuchó con paciencia y se le permitió partir, sin que nadie le molestara.

Después de predicar una serie de sermones durante la primavera de 1231, la salud de san Antonio comenzó a resentirse y se retiró a descansar, con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero. Bien pronto se dio cuenta de que sus días estaban contados y entonces pidió que le llevasen a Padua. No llegó vivo más que a los aledaños de la ciudad. El 13 de junio de 1231, en la habitación particular del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella recibió los últimos sacramentos y pasó a recibir su recompensa en la vida eterna. Al morir tenía tan sólo treinta y cinco años de edad. Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones de la honda veneración que se le tenía. Los paduanos han considerado siempre sus reliquias como el tesoro más preciado. San Antonio fue canonizado antes de que hubiese transcurrido un año desde su muerte; en esa ocasión, el Papa Gregorio IX pronunció la antífona «O doctor optime» en su honor y, de esta manera, se anticipó en siete siglos a la fecha del año 1946, cuando el Papa Pío XII declaró a san Antonio «Doctor de la Iglesia».

En este relato tan suscinto ha sido imposible describir o discutir algunos de los muchos milagros atribuidos al santo; pero ya sea que los hiciera o no, durante su vida en este mundo, lo que verdaderamente le ha otorgado el título de "milagroso san Antonio" es la interminable lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde el momento de su muerte. Por regla general, a partir del siglo XVII, se ha representado a san Antonio con el Niño Jesús en los brazos; ello se debe a un suceso que tuvo mucha difusión y que ocurrió cuando san Antonio estaba de visita en la casa de un amigo. En un momento dado, éste se asomó por la ventana y vio al santo que contemplaba, arrobado, a un niño hermosísimo y resplandeciente que sostenía en sus brazos. En las representaciones anteriores al siglo XVII aparece san Antonio sin otro distintivo que un libro, símbolo de su sabiduría respecto a las Sagradas Escrituras. En ocasiones se le representó con un lirio en las manos y también junto a una mula que, según la leyenda, se arrodilló ante el Santísimo Sacramento que mostraba el santo; la actitud de la mula fue el motivo para que su dueño, un campesino escéptico, creyese en la presencia real. San Antonio es el patrón de los pobres y, ciertas limosnas especiales que se dan para obtener su intercesión se llaman «pan de san Antonio»; esta tradición comenzó a practicarse en 1890. No hay ninguna explicación satisfactoria sobre el motivo por el que se le invoca para encontrar los objetos perdidos, pero es muy posible que esa devoción esté relacionada con un suceso que se relata entre los milagros, en la "Chronica XXIV Generalium" (No. 21): un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba san Antonio; el santo oró para que fuese recuperado su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio ante una aparición terrible y amenazante que le obligó a regresar al convento y devolver el libro.

Lo que se ha escrito en torno a San Antonio de Padua es tan abundante, que se puede decir, sin temor a errores, que sólo lo supera en cantidad lo que se ha escrito en torno a san Francisco de Asís. A pesar de todo esto, los conocimientos positivos que tenemos sobre la vida detallada de san Antonio, son extremadamente escasos y su biografía depende casi exclusivamente de las narraciones anónimas, cuya colección se titula con la primera palabra del escrito: «Assidua», y que fueron editadas originalmente en la Portugallae Monumenta Historica, vol. I (1856), pp. 116-130. Existe la posibilidad de que algunos de los sermones atribuidos al santo que se han conservado, nos proporcionen la esencia de sus discursos y un testimonio del espíritu que le inspiraba. En tiempos modernos se han publicado numerosas biografías de San Antonio. El libro Antonius von Padua in Leben und Kunst (1931), de B. Kleinschmidt, es un trabajo muy valioso por la atención con que se trata el aspecto artístico de la devoción a san Antonio. En 1949, los frailes conventuales de Padua publicaron un volumen de estudios para conmemoración del santo. Se ha discutido muy ampliamente la cuestión de si san Antonio realizó milagros durante su vida (véase a Felder, «Die Antonius Wunder», 1933, p. 156).


Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1999



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Alexia González-Barros y González, Venerable

 

 

Alexia González Barros, Venerable


Sus virtudes heroicas fueron aprobadas por el Papa Francisco el 5 de julio de 2018


Por: n/a | Fuente: Alexiagb.org

  

Oración por la intercesión de la venerable sierva de dios Alexia González-Barros


Oración:

Dios de piedad y misericordia que derramaste sobre tu sierva Alexia gracias abundantísimas para que, viviendo con fe y sencillez los acontecimientos de cada día te siguiera alegremente por el camino de la Cruz, haz que por su mediación viva yo, abandonado en tus paternales brazos, la grandeza de las cosas pequeñas, haciéndose realidad también en mí, y en los demás, la súplica que, desde niña, suscitaste en su alma:

¡Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras!

Dígnate glorificar a tu sierva Alexia y concédeme, por su intercesión, el favor que te pido. (Pídase........)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria


De conformidad con los decretos del Papa Urbano VIII, declaramos que esta oración no tiene finalidad alguna de culto público


Nace en Madrid, en una familia cristiana. Era la menor de siete hermanos.

Desde los cuatro hasta los trece años, cuando se declara su enfermedad, estudia en el Colegio “Jesús Maestro” de Madrid, de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.

Hasta entonces, su vida es como la de cualquier otra chica de su edad: el colegio, sus amigas, sus aficiones (cine, deporte, lectura, música), su vida familiar.

Quienes la conocieron ponen de relieve su buen carácter, su alegría, la importancia que daba a la amistad y su profunda fe. También hablan del cariño que sentía por sus padres y hermanos y de cuánto agradecía la formación que había recibido de ellos.

Destaca en Alexia la devoción a su ángel de la guarda, al que trató siempre con una gran confianza, hasta el punto de ponerle nombre, porque no quería "llamarle Custodio como todo el mundo". Decide llamarle Hugo, porque, según afirmaba, "es un nombre perfecto para un custodio".

A partir de entonces, se sabe que lo invoca con frecuencia, y durante su enfermedad comenta a los que la rodean lo mucho que Hugo la acompaña y ayuda.

El 8 de mayo de 1979, coincidiendo con las Bodas de Plata de sus padres, hace la Primera Comunión en Roma, en la cripta de la Iglesia de Santa María de la Paz.

Al día siguiente, en la Plaza de San Pedro, al terminar la audiencia, Alexia se acerca a Juan Pablo II para entregarle una carta que le había escrito, y recibe del Santo Padre la señal de la cruz y un beso en la frente. Le quería mucho y rezaba frecuentemente por él.

Desde muy pequeña -y por propia iniciativa- cada vez que hacía una genuflexión ante el sagrario, decía: "Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras".

Este deseo sincero le permite afrontar con espíritu cristiano la dura enfermedad que irrumpe en su vida, brusca e inesperadamente, en febrero de 1985, poco antes de cumplir 14 años: un tumor canceroso en las cervicales la deja en poco tiempo completamente paralítica.

 

A pesar de todo esto, Alexia no pierde la paz y la alegría, y así ofrece su alma al Señor, "muy feliz, de verdad, de verdad, muy feliz", en la Clínica Universitaria de Navarra el 5 de diciembre de 1985.

Falleció en Pamplona, rodeaba por el cariño de su familia, en medio de una gran paz espiritual, el 5 de diciembre de 1985. Sus últimas palabras fueron: más y sí.

Más porque deseaba que siguieran hablándole de Dios.

Con su sí reiteraba el deseo que había manifestado constantemente desde que era niña:

“Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras”.

 

Fama de santidad

Muchas personas se quedaron conmovidas tras su muerte. Una religiosa de su colegio, Mª Victoria Molins, Religiosa de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, escribió un libro en el que se recordaban algunos sucesos de su vida.

 

Causa: todos los días del año llegaban cartas

Mientras tanto, su fama de santidad iba creciendo entre personas de todo tipo. Uno de los grandes impulsores de su causa fue un religioso claretiano.

 

La Causa de Beatificación de Alexia fue introducida en la diócesis de Madrid el 14 de abril de 1993 y fue clausurada solemnemente el 1 de junio de 1994.

 

Su Causa fue abierta en Roma el 30 de junio.

El 11 de noviembre de ese mismo año se otorgó el Decreto de validez por la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, ante la cual se presentó la Positio el día 8 de mayo del Año Jubilar 2000.


EL SEGUNDO FAVOR RECIBIDO:

Recientemente, a una persona que conozco el médico de familia le diagnosticó gangrena en tres dedos de su pie izquierdo y, con ese diagnóstico médico, la consecuencia estaba clara: amputarle los dedos gangrenados… La foto que recibí era verdaderamente espeluznante.

Faltaban nueve días para esa intervención y empecé a pedirle a Dios, a través de Alexia, que sanara esos dedos… También se lo comuniqué por WhatsApp a sus familiares directos, incluyéndoles la estampa de Alexia con la oración y, al terminar, en “el favor que te pido” incluimos: que no tengan que amputarle los dedos del pie izquierdo a… (y puse su nombre). Al principio, durante esos nueve días estuvimos rezando cinco personas; pero, poco a poco, se fueron añadiendo otras más.

Mi idea era: a mí me falta un poco de fe, pero si unimos la fe de muchos… ¡esto sale!

Ayer, el día de la intervención y tras la última prueba, el diagnóstico médico fue: nada de gangrena, lo que había era un tejido muerto en un solo dedo, no gangrenado y que no hacía falta operar. El interesado se fue a su casa muy contento.

Ahora le pido a Alexia que se vuelque y que consiga de la Santísima Trinidad un milagro aún mayor.

 Por: n/a | Fuente: religion.elconfidencialdigital.com