jueves, 17 de noviembre de 2022

San León I Magno, papa y doctor de la Iglesia

 


San León I Magno, papa y doctor de la Iglesia

 

Fecha de inscripción en el santoral: 10 de noviembre

Fecha en el calendario anterior: 11 de abril

n.: c. 400 - †: 461 - país: Italia

Otras formas del nombre: León Magno

Canonización: PC: - Doctor Ecclesiae 1754 (Benedicto XIV)

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: Memoria de san León I, papa y doctor de la Iglesia, que, nacido en Etruria, primero fue diácono diligente en la Urbe, y después, elevado a la cátedra de Pedro, mereció con todo derecho ser llamado «Magno», tanto por apacentar a su grey con una exquisita y prudente predicación como por mantener la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios, valientemente afirmada por los legados del Concilio Ecuménico de Calcedonia, hasta que descansó en el Señor en Roma, donde, en este día, tuvo lugar su sepultura en San Pedro del Vaticano.

Patronazgos: patrono de cantores, músicos y organistas.

Refieren a este santo: San Leoncio de Frejus, San Próspero de Aquitania, Santa Pulqueria, San Rústico de Narbona, San Senador de Milán, San Verano de Vence

Oración: Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

La sagacidad de León I, el éxito con que defendió la fe contra las herejías y su intervención ante Atila y Genserico, realzaron el prestigio de la Santa Sede y al Papa le valieron el título de «Magno». La posteridad sólo ha concedido ese título a otros dos Pontífices: san Gregorio I y san Nicolás I. La Iglesia honra a san León entre sus doctores, por sus incomparables obras teológicas, de las que hay muchos extractos en las lecciones del Breviario. Probablemente la familia de san León era toscana, pero él llamó a Roma su «patria», lo cual nos inclina a pensar que nació en dicha ciudad. No sabemos nada acerca de sus primeros años y desconocemos la fecha de su ordenación. Sus escritos prueban que había recibido una educación excelente, aunque ésta no comprendía el estudio del griego. Fue diácono de los papas san Celestino I y san Sixto III; ese puesto era tan importante, que san Cirilo le escribía directamente a él, y Casiano le dedicó su tratado contra Nestorio. El año 440, cuando las disputas de los dos generales imperiales, Aecio y Albino, amenazaban con dejar a la Galia a merced de los bárbaros, León fue enviado a mediar entre ellos. Cuando murió Sixto III, san León estaba todavía en Galia; una embajada fue allá a anunciarle que había sido elegido Sumo Pontífice.

 

La consagración tuvo lugar el 29 de septiembre del 440. Desde el primer momento, san León dio pruebas de sus excepcionales cualidades de pastor y jefe. La predicación era entonces privilegio casi exclusivo de los obispos; san León se dedicó a instruir sistemáticamente al pueblo de Roma para convertirle en ejemplo de las otras Iglesias. Los noventa y seis sermones auténticos de san León que han llegado hasta nosotros, muestran que insistía en la limosna y otros aspectos sociales de la vida cristiana y que explicaba al pueblo la doctrina, particularmente lo relativo a la Encarnación. Afortunadamente, se conservan ciento cuarenta y tres cartas de san León y otras treinta que le fueron escritas. Por ellas, podemos darnos una idea de la extraordinaria vigilancia con que el santo Pontífice seguía la vida de la Iglesia en todo el Imperio. Al mismo tiempo que combatía a los maniqueos en Roma, escribía al obispo de Aquileya dándole instrucciones sobre la manera de enfrentarse al pelagianismo, que había reaparecido en dicha diócesis.

 

Santo Toribio, obispo de Astorga, España, envió a San León una copia de su carta circular sobre el priscilianismo, una secta que había progresado mucho en España, gracias a la connivencia de una parte del clero. Dicha secta era una mezcla de astrología, de fatalismo y de la doctrina maniquea sobre la maldad de la materia. En su respuesta el Papa, refutó ampliamente a los priscilianistas, refirió las medidas que había tomado contra los maniqueos y mandó que se reuniese un sínodo para combatir la herejía. Varias veces tuvo que intervenir también en los asuntos de la Galia; en dos ocasiones reprendió a san Hilario, obispo de Arles, quien se había excedido en el uso de sus poderes de metropolitano. Escribió algunas cartas a Anastasio, obispo de Tesalónica, para confirmarle su oficio de Vicario de los obispos de Iliria; en una ocasión le recomendó mayor tacto y en otra, le recordó que los obispos tenían derecho de apelar a Roma, «según la antigua tradición». El año 446, san León escribió a la Iglesia africana de Mauritania, prohibiendo la elección de laicos para las sedes episcopales, así como las de los casados en segundas nupcias y de los casados con una viuda; en la misma carta tocó el delicado problema de la manera de tratar a las vírgenes consagradas a Dios que habían sido violadas por los bárbaros. Respondiendo a ciertas quejas del clero de Palermo y Taormina, san León escribió a los obispos de Sicilia, ordenándoles que no vendiesen las propiedades de la Iglesia sin el consentimiento del clero.

 

En las decisiones de san León, escritas en forma autoritaria y casi dura, no hay la menor nota personal ni la menor incertidumbre; no es el hombre el que habla, sino el sucesor de san Pedro. Ese es el secreto de la grandeza y de la unidad del carácter de san León. Sin embargo, hay que mencionar también un rasgo muy humano, que conocemos nada más por tradición, pero que ilustra la importancia que el santo daba a la elección de los candidatos a las ordenes sagradas: en el «Prado Espiritual», Juan Mosco cita estas palabras de Amós, patriarca de Jerusalén: «Por mis lecturas estoy enterado de que el bienaventurado papa León, hombre de costumbres angélicas, veló y oró durante cuarenta días en la tumba de san Pedro, pidiendo a Dios, por la intercesión del Apóstol, el perdón de sus pecados. Al fin de esos cuarenta días, se le apareció san Pedro y le dijo: 'Dios te ha perdonado todos tus pecados, excepto los que cometiste al conferir las sagradas órdenes, pues de esos tendrás que dar cuenta muy estricta'». San León prohibió que se confiriesen las órdenes a los esclavos y a todos los que habían practicado oficios ilegales o indecorosos e introdujo una ley, por la que se restringía la ordenación al sacerdocio sólo a los candidatos de edad madura que habían sido probados a fondo y se habían distinguido en el servicio de la Iglesia por su sumisión a las reglas y su amor a la disciplina.

 

 

 

El santo Pontífice, en su calidad de pastor universal, tuvo que enfrentarse en el Oriente con dificultades más grandes que las de cualquiera de sus predecesores. El año 448, recibió una carta de un abad de Constantinopla, llamado Eutiques, quien se quejaba del recrudecimiento de la herejía nestoriana. San León respondió discretamente que iba a investigar el asunto. Al año siguiente, Eutiques escribió otra carta al Papa y mandó copia de ella a los patriarcas de Alejandría y de Jerusalén. En dicha carta protestaba contra la excomunión que había fulminado contra él san Flaviano, patriarca de Constantinopla, a instancias de Eusebio de Dorileo, y pedía ser restituido a su cargo. Con su carta iba otra del emperador Teodosio II en defensa suya. Como en Roma no se había recibido la noticia oficial de la excomunión, san León escribió a san Flaviano, quien le envió amplias informaciones sobre el sínodo que había excomulgado a Eutiques. En ella ponía en claro que Eutiques había caído en el error de negar la existencia de dos naturalezas en Cristo, cosa que constituía una herejía opuesta al nestorianismo. Por entonces, el emperador Teodosio convocó a un concilio en Éfeso, so pretexto de estudiar a fondo el asunto, pero el concilio estaba lleno de amigos de Eutiques y lo presidía uno de sus principales partidarios, Dióscoro, patriarca de Alejandría. El conciliábulo absolvió a Eutiques y condenó a san Flaviano, quien murió poco después, a resultas de los golpes que había recibido. Como los legados del Papa se negaron a aceptar la sentencia del conciliábulo, se les prohibió leer la carta de san León ante la asamblea. En cuanto san León se enteró del asunto, anuló las decisiones de la asamblea y escribió al emperador con estos consejos: «Deja a los obispos defender libremente la fe, pues ningún poder humano ni amenaza alguna son capaces de destruirla. Proteje a la Iglesia y consérvala en paz para que Cristo proteja, a su vez, tu Imperio».

 

Dos años después, en el reinado del emperador Marciano, se reunió en Calcedonia un Concilio ecuménico. Seiscientos obispos, entre los que se contaban los legados de san León, acudieron a él. El Concilio reivindicó la memoria de san Flaviano y excomulgó y depuso a Dióscoro. El 13 de junio del 449, san León había escrito a san Flaviano una carta doctrinal, en la que exponía claramente la fe de la Iglesia en las dos naturalezas de Cristo y refutaba los errores de los eutiquianos y nestorianos. Dióscoro había ignorado esa famosa carta, conocida con el nombre de «Carta Dogmática» o «Tomo de san León»; en esa ocasión se leyó en el Concilio. «¡Pedro ha hablado por la boca de León!», exclamaron los obispos, después de oír esa lúcida exposición sobre la doble naturaleza de Cristo, que se convirtió desde entonces en doctrina oficial de la glesia.

 

Entre tanto, habían tenido lugar en Occidente varios acontecimientos de importancia, en los que san León dio muestras de la misma firmeza y prudencia. Atila invadió Italia al frente de los hunos, el año 452; quemó la ciudad de Aquileya, sembró el terror y la muerte a su paso, saqueó Milán y Pavía y se dirigió hacia la capital. Ante la ineficacia del general Aecio, el pueblo se llenó de pánico; todas las miradas se volvieron hacia san León, y el emperador Valente III y el Senado le autorizaron para negociar con el enemigo. Poseído de su carácter sagrado y sin vacilar un solo instante, el Papa partió de Roma, acompañado por el cónsul Avieno, por Trigecio, gobernador de la ciudad y unos cuantos sacerdotes. Entró en contacto con el enemigo en la actual ciudad de Peschiera. San León y su clero se entrevistaron con Atila y le persuadieron para que aceptase un tributo anual, en vez de saquear la ciudad. Esto salvó a Roma de la catástrofe por algún tiempo. Pero tres años más tarde, Genserico se presentó a la cabeza de los vándalos ante las puertas de la ciudad, totalmente indefensa. En esta ocasión, san León tuvo menos éxito, pero obtuvo que los vándalos se contentasen con saquear la ciudad, sin matar ni incendiar. Quince días después, los bárbaros se retiraron al África con numerosos cautivos y un inmenso botín.

 

San León emprendió inmediatamente la reconstrucción de la ciudad y la reparación de los daños causados por los bárbaros. Envió a muchos sacerdotes a asistir y rescatar a los prisioneros en África y restituyó, en cuanto le fue posible, los vasos sagrados de las iglesias. Gracias a su ilimitada confianza en Dios, no se desalentó jamás y conservó gran serenidad, aun en los momentos más difíciles. En los veintiún años de su pontificado se había ganado el cariño y la veneración de los ricos y de los pobres, de los emperadores y de los bárbaros, de los clérigos y de los laicos. Murió el 10 de noviembre del 461. Sus reliquias se conservan en la basílica de San Pedro. El historiador Jalland, anglicano, resume el carácter de san León con cuatro rasgos: «su energía indomable, su magnanimidad, su firmeza y su humilde devoción al deber». La exposición que hizo san León de la doctrina cristiana de la Encarnación, fue uno de los momentos más importantes de la historia del cristianismo. «La más grande de sus realizaciones personales fue el éxito con que reivindicó la primacía de la Sede Romana en las cuestiones doctrinales». San León fue declarado doctor de la Iglesia mucho tiempo después, en 1754.

 

Entre los sermones que se conservan del santo, hay uno que predicó en la fiesta de San Pedro y San Pablo, poco después de la retirada de Atila. Empieza por comparar el fervor de los romanos en el momento en que se salvaron de la catástrofe con su actual tibieza y les recuerda la ingratitud de los nueve leprosos que sanó Cristo. A continuación les dijo: «Así pues, mis amados hermanos, debéis volveros al Señor, si no queréis que os reproche lo mismo que a los nueve leprosos ingratos. Recordad las maravillas que Él ha obrado con vosotros. Guardáos de atribuir vuestra liberación a los astros, como lo hacen algunos impíos; atribuidla únicamente a la infinita misericordia de Dios, que ablandó el corazón de los bárbaros. Sólo podéis obtener el perdón de vuestra negligencia, haciendo una penitencia que supere a la culpa. Aprovechemos el tiempo de paz que nos concede el Señor para enmendar nuestras vidas. Que san Pedro y todos los santos, que nos han socorrido en nuestras innumerables aflicciones, secunden las fervientes súplicas que elevamos por vosotros a la misericordia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».

 

A pesar del importante papel que desempeñó san León en la historia de su época, no existe ninguna biografía contemporánea. La narración del Liber Pontificalis es muy corta. Acerca de la nota que se conserva en los Menaion griegos, ver Analecta Bollandiana, vol. XXIX (1910), pp. 400-408. Naturalmente, la figura de san León ocupa un sitio importante en obras de carácter general acerca de la historia de la Iglesia, por ejemplo, en Jedin, Historia de la Iglesia, tomo II, Herder, pág. 338-369, y en especial desde la página 363, puede verse muy bien planteada la evolución del primado romano hasta la forma que adquiere con san León I. En Catholic Encyclopedia hay un excelente artículo sobre san León por nada menos que J.P. Kirch, e incluso está bien traducido en la versión castellana. Las obras y doctrina del Papa están extensamente tratados en la Patrología, de Quasten-Di Berardino, BAC, tomo III, pág. 719 a 747, con abundante y, hasta la edición del libro, actualizada bibliografía. El Oficio de Lecturas utiliza ampliamente la colección de textos, especialmente los sermones, de san León Magno, con unas 25 lecturas de su autoría (posiblemente sea el autor mejor representado en el año litúrgico), por ejemplo: Contemplación de la pasión del Señor, La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo, Reconoce la dignidad de tu naturaleza, Los días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión, Cristo vive en su Iglesia, sin que falte, naturalmente, una reflexión sobre el propio pontificado en la celebración litúrgica de hoy mismo.

La primera imagen es el cuadro dedicado al santo papa por Francisco Herrera el joven (1622-1685), que se encuentra en el Museo del Prado, y la segunda una Iluminación del encuentro de Atila y el Papa León, en el Cronicon Pictum, de hacia 1360.

 

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

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San Martín de Tours, obispo

 

 

San Martín de Tours, obispo

 

Fecha: 11 de noviembre

n.: c. 331 - †: c. 397 - país: Francia

Canonización: pre-congregación

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: Memoria de san Martín, obispo, en el día de su sepultura. Nacido en Panonia, de padres gentiles, siendo soldado en las Galias y aún catecúmeno, cubrió con su manto a Cristo en la persona de un pobre, y luego, recibido el bautismo, dejó las armas e hizo vida monástica en un cenobio fundado por él mismo en Ligugé, bajo la dirección de san Hilario de Poitiers. Después, ordenado sacerdote y elegido obispo de Tours, teniendo ante sus ojos el ejemplo del buen pastor, fundó en distintos pueblos otros monasterios y parroquias, adoctrinó y reconcilió al clero y evangelizó a los campesinos, hasta que fue al encuentro del Señor en Candes.

Patronazgos: protector contra el alcoholismo y el empobrecimiento, patrono de los mendigos y alcohólicos recuperados, jinetes, posaderos, la Guardia Suiza Pontificia, soldados, sastres, productores de vino y de muchas ciudades del mundo, entre ellas Buenos Aires.

Tradiciones, refranes, devociones: El veranillo de San Martín, dura tres días y ¡fin!

El viento que anda en San Martín, dura hasta el fin

Per San Martín el cierzu por vecín (asturiano) [Cierzo: viento frío del norte]

Ta San Martín, la nieu al pin (aragonés)

Refieren a este santo: San Bricio de Tours, San Maurilio de Angers, San Victricio de Rouen


Oración: Oh Dios, que fuiste glorificado con la vida y la muerte de tu obispo san Martín de Tours, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan apartarnos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

      El gran san Martín, gloria de las Galias y lumbrera de la Iglesia de Occidente en el siglo IV, nació en Sabaria de Panonia, en la actual Hungría. Sus padres, que eran paganos, fueron más tarde a establecerse a Pavía. Su padre era un oficial del ejército, que había empezado como soldado raso. Es curioso notar que san Martín ha pasado a la historia como «santo militar». Como era hijo de un veterano, a los quince años, tuvo que alistarse en el ejército contra su voluntad. Aunque no era todavía cristiano bautizado, vivió algunos años más como monje que como soldado. Cuando se hallaba acuartelado en Amiens, tuvo lugar el incidente que ha hecho tan famoso al santo en la historia y en el arte. Un día de un invierno muy crudo, se encontró en la puerta de la ciudad con un pobre hombre casi desnudo, que temblaba de frío y pedía limosna a los transeúntes. Viendo Martín que las gentes ignoraban al infeliz mendigo, pensó que Dios le ofrecía la oportunidad de socorrerle; pero, como lo único que llevaba eran sus armas y su uniforme, sacó su espada, partió su manto en dos y regaló una de las mitades al mendigo, guardando la otra para sí. Algunos de los presentes se burlaron al verle vestido en forma tan ridícula, pero otros quedaron avergonzados de no haber socorrido al mendigo. Esa noche, Martín vio en sueños a Jesucristo vestido con el trozo del manto que había regalado al mendigo y oyó que le decía: «Martín, aunque sólo eres catecúmeno, me cubriste con tu manto». Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, afirma que Martín se había hecho catecúmeno a los diez años por iniciativa propia, y que, en cuanto tuvo la visión que acabamos de describir, «voló a recibir el bautismo». Sin embargo, no abandonó inmediatamente el ejército. Pero después de la invasión de los bárbaros, cuando se presentó ante su general Julián César con sus compañeros para recibir su parte del botín, se negó a aceptarla y le dijo: «Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame en adelante servir a Jesucristo. Reparte el botín entre los que van a seguir luchando; yo soy soldado de Jesucristo y no me es lícito combatir». El general se enfureció y le acusó de cobardía. Martín replicó que estaba dispuesto a marchar al día siguiente a la batalla en primera fila y sin armas en el nombre de Jesucristo. Julián César le mandó encarcelar, pero pronto se llegó a un armisticio con el enemigo, y Martín fue dado de baja en el ejército. Inmediatamente se dirigió a Poitiers, donde san Hilario era obispo, y el santo doctor le acogió gozosamente entre sus discípulos (Sobre este punto, la narración de Sulpicio Severo ofrece considerables dificultades cronológicas).

Una noche, mientras dormía, recibió Martín la orden de partir a su patria. Cruzó los Alpes, donde logró escapar de unos bandoleros en forma extraordinaria, llegó a Panonia y allí convirtió a su madre y a algunos otros parientes y amigos, pero su padre persistió en la infidelidad. En la Iliria se opuso con tal celo a los arrianos, que fue flagelado públicamente y expulsado de la región. En Italia se enteró de que los arrianos triunfaban también en la Galias y habían desterrado a san Hilario, de suerte que se quedó en Milán. Pero el obispo arriano, Auxencio, le expulsó de la ciudad. Entonces, el santo se retiró, con un sacerdote, a la isla de Gallinaria, en el Golfo de Génova, y ahí permaneció hasta que san Hilario pudo volver a Poitiers, el año 360. Como Martín se sintiese llamado a la soledad, san Hilario le cedió unas tierras en el actual Ligugé. Pronto fueron a reunirse con él otros ermitaños. La comunidad (según la tradición, fue la primera comunidad monástica de las Galias) se convirtió, con el tiempo, en un gran monasterio que existió hasta 1607; en 1852, lo ocuparon los benedictinos de Solesmes. San Martín pasó allí diez años, dirigiendo a sus discípulos y predicando en la región, donde se le atribuyeron muchos milagros. Hacía el año 371, los habitantes de Tours decidieron elegirle obispo. Como él se negase a aceptar el cargo, los habitantes de Tours le llamaron con el pretexto de que fuese a asistir a un enfermo y aprovecharon la ocasión para llevarle por la fuerza a la iglesia. Algunos de los obispos a quienes se había convocado para la elección, arguyeron que la apariencia humilde e insignificante de Martín le hacía inepto para el cargo, pero el pueblo y el clero no hicieron caso de tal objeción.

San Martín siguió viviendo como hasta entonces. Al principio, fijó su residencia en una celda de las cercanías de la iglesia, pero como los visitantes le interrumpiesen constantemente, acabó por retirarse a lo que fue más tarde la famosa abadía de Marmoutier. El sitio, que estaba entonces desierto, tenía por un lado un abrupto acantilado y por el otro, un afluente del Loira. Al poco tiempo, habían ya ido a reunirse con san Martín ochenta monjes y no pocas personas de alta dignidad. La piedad, los milagros y la celosa predicación del santo, hicieron decaer el paganismo en Tours y en toda la región. San Martín destruyó muchos templos, árboles sagrados y otros objetos venerados por los paganos. En cierta ocasión, después de demoler un templo, mandó derribar también un pino que se erguía junto a él. El sumo sacerdote y otros paganos aceptaron derribarlo por sí mismos, con la condición de que el santo, que tanta confianza tenía en el Dios que predicaba, aceptase colocarse junto al árbol en el sitio que ellos determinasen. Martín accedió y los paganos le ataron al tronco. Cuando estaba a punto de caer sobre él, el santo hizo la señal de la cruz y el tronco se desvió. En otra ocasión, cuando demolía un templo en Antun, un hombre le atacó, espada en mano. El santo le presentó el pecho, pero el hombre perdió el equilibrio, cayó de espaldas y quedó tan aterrorizado, que pidió perdón al obispo. Sulpicio Severo narra éstos y otros hechos milagrosos, algunos de los cuales son tan extraordinarios, que el propio Sulpicio Severo dice que, ya en su época, no faltaban «hombres malvados, degenerados y perversos» que se negaban a creerlos. El mismo autor refiere algunas de las revelaciones, visiones y profecías con que Dios favoreció a san Martín. Todos los años, solía el santo visitar las parroquias más lejanas de su diócesis, viajando a pie, a lomo de asno o en barca. Según su biógrafo, extendió su apostolado desde la Turena hasta Chartres, París, Antun, Sens y Vienne, donde curó de una enfermedad de los ojos a san Paulino de Nola. En cierta ocasión en que un tiránico oficial imperial llamado Aviciano llegó a Tours con un grupo de prisioneros y se disponía a torturarlos al día siguiente, san Martín partió apresuradamente de Marmoutier para interceder por ellos. Llegó cerca de la medianoche e inmediatamente fue a ver a Aviciano, a quien no dejó en paz sino hasta que perdonó a los prisioneros.

En tanto que san Martín conquistaba almas para Cristo y extendía pacíficamente su Reino, los priscilianistas, que constituían una secta gnóstico-maniquea fundada por Prisciliano, empezaron a turbar la paz en las Galias y en España. Prisciliano apeló al emperador Máximo la sentencia del sínodo de Burdeos (348), pero Itacio, obispo de Ossanova, atacó furiosamente al hereje y aconsejó al emperador que le condenase a muerte. Ni san Ambrosio de Milán ni san Martín, estuvieron de acuerdo con la actitud de Itacio, quien no sólo pedía la muerte de un hombre, sino que además mezclaba al emperador en los asuntos de la jurisdicción de la Iglesia. San Martín exhortó a Máximo a no condenar a muerte a los culpables, diciéndoles que bastaba con declarar que eran herejes y estaban excomulgados por los obispos. Pero Itacio, en vez de aceptar el parecer de san Martín, le acusó de estar complicado en la herejía. Sulpicio Severo comenta a este propósito que esa era la táctica que Itacio solía emplear contra todos aquéllos que llevaban una vida demasiado ascética para su gusto. Máximo prometió, por respeto a san Martín, que no derramaría la sangre de los acusados; pero, una vez que el santo obispo partió de Tréveris, el emperador acabó por ceder y dejó en manos del prefecto Evodio la decisión final. Evodio, por su parte, viendo que Prisciliano y algunos otros eran realmente culpables de algunos de los cargos que se les hacían, los mandó decapitar. San Martín volvió más tarde a Tréveris a interceder tanto por los priscilianistas españoles, que estaban bajo la amenaza de una sangrienta persecución, como por dos partidarios del difunto emperador Graciano. Eso le puso en una situación muy difícil, en la que le pareció justificado mantener la comunión con el partido de Itacio, pero más tarde tuvo ciertas dudas sobre si se había mostrado demasiado suave al proceder así (san Siricio, papa, censuró tanto al emperador como a Itacio por su actitud en el asunto de los priscilianistas. Fue ésa la primera sentencia capital que se impuso por herejía, y el resultado fue que el priscilianismo se difundió por España).

San Martín tuvo una revelación acerca de su muerte y la predijo a sus discípulos, los cuales le rogaron con lágrimas en los ojos que no los abandonase. Entonces el santo oró así: «Señor, si tu pueblo me necesita todavía, estoy dispuesto a seguir trabajando. Que se haga tu voluntad». Cuando le sobrecogió la última enfermedad, san Martín se hallaba en un rincón remoto de su diócesis. Murió el 8 de noviembre del año 397. El 11 de noviembre es el día en que fue sepultado en Tours. Su sucesor, san Bricio, construyó una capilla sobre su sepulcro; más tarde, fue sustituida por una magnífica basílica. La Revolución Francesa destruyó la siguiente basílica que se construyó allí. La actual iglesia se levanta en el sitio en que se hallaba el santuario saqueado por los hugonotes en 1562. Hasta esa fecha, la peregrinación a la tumba de san Martín era una de las más populares de Europa. En Francia hay muchas iglesias dedicadas a san Martín y lo mismo sucede en otros países. La más antigua iglesia de Inglaterra lleva el nombre de este santo: se trata de una iglesia en las afueras de Canterbury, y Beda dice que fue la primera que se construyó durante la ocupación romana. De ser cierto esto, debió tener otro nombre al principio, y recibió el de san Martín cuando san Agustín y sus monjes tomaron posesión de ella. Un historiador ha contado en Francia 3.667 parroquias dedicadas a él y 487 pueblos que llevan su nombre. Un buen número hay también en Alemania, Italia y España.

La literatura y la iconografía sobre el santo es inmensa. La fuente principal, sin embargo, es Sulpicio Severo, quien visitó a san Martín en Tours, y cuyos relatos son mucho más importantes que cualquiera de los documentos posteriores. Cuando murió san Martín, Sulpicio ya había terminado su biografía. Algún tiempo después, revisó su obra e introdujo en ella el texto de tres largas cartas que había escrito en el intervalo; en la última de ellas describía la muerte y los funerales del santo. Entre tanto, había escrito también una crónica general, en cuyo capítulo 50 del libro II trata de la actuación de san Martín en la controversia priscilianista. Finalmente, el año 404 compuso un diálogo con algunos otros materiales, donde compara a san Martín con los ascetas primitivos y cuenta algunas anécdotas. Casi un siglo y medio después de la muerte de san Martín, su sucesor en la sede de Tours, san Gregorio, hizo otra importante contribución a la historia de su venerado predecesor. Desgraciadamente, las cronologías de Sulpicio y de Gregorio son diferentes con frecuencia. En la literatura el personaje de san Martín está muy presente, y en particular seguramente recordarán los de tradición hispana el fragmento del Quijote en el que el héroe explica a Sancho el caso de la capa:

«Descubrió [una talla] el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:

-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.»


(2ª parte, Cap. LVIII)

Aunque es patrono de muchos oficios y muchas ciudades, e incluso san Gregorio de Tours lo proclama como «patrono especial del mundo entero», me gustaría contar la anécdota de uno solo de esos patronazgos, el de la ciudad de Buenos Aires: dice una antigua tradición que a poco de fundar la ciudad (por segunda vez) en 1580, se reunieron los miembros del Cabildo para la elección del patrono. La suerte recayó en san Martín de Tours, pero algunos vecinos se opusieron por ser francés -preferían más bien uno español- así que repitieron la elección, y volvió a recaer en san Martín de Tours, y aun una tercera vez, y volvió a salir el mismo papel, por lo que dedujeron que se trataba de la voluntad de Dios que el santo francés fuera el patrono de tan hispánica ciudad. Lo cierto es que muchos lugares en la historia de la ciudad aluden a san Martín no por el Gral. Don José de San Martín, libertador patrio, sino por el santo patrono.

 

E. Babut aprovechó las diferencias cornológicas entre Severo y Gregorio para hacer una crítica destructiva en su obra titulada St. Martin de Tours (1912), que en su época causó sensación. La respuesta detallada del P. Delehaye en Analecta Bollandiana (vol. XXXVIII, 1920, pp. 1-136) es tal vez la última palabra en la materia. Las biografías y estudios sobre diferentes aspectos de la vida de san Martín son muy numerosos. Ver sobre todo las obras de A. Lecoy de la Marche, C. H. van Rhijn, P. Ladoué. Acerca de san Martín en el arte, cf. Künstle, Ikonopraphie, vol. II, pp. 438-444; y el volumen de H. Martin en la colección L'art et les saints. San Martín ha jugado también un papel muy importante en la formación de tradiciones populares; por ejemplo, en muchos dichos populares franceses figura su nombre. Artículo del Butler, con unos pocos agregados finales (la referencia al Quijote y la anécdota sobre Buenos Aires). La "Vida de San Martín de Tours" por Sulpicio Severo está accesible en español gracias a una traducción reciente de Cuadernos Monásticos. Imposible elegir una obra de arte como la más bella o representativa de las dedicadas al santo, escogemos una vidriera con la escena en la que el santo parte su capa con el pobre, en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Skipton, Yorkshire, Inglaterra, que recogemos de la increible colección de fotos de vidrieras del Hno Lawrence O.P.; y el siempre emocionante San Martín y el Pobre, de El Greco, año 1597-99, en la Capilla de San José, de Toledo.

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4113

 

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

Santos Ángeles Custodios



Santos Ángeles Custodios

(memoria obligatoria)

 Novenas y oraciones en el blog la Iglesia y los Arcángeles


Fecha de inscripción en el santoral: 2 de octubre

Hagiografía: Abel Della Costa

Elogio: Memoria de los santos Ángeles Custodios, que, llamados ante todo a contemplar en la gloria el rostro del Señor, han recibido también una misión en favor de los hombres, de modo que con su presencia invisible, pero solícita, los asistan y acompañen.

Tradiciones, refranes, devociones: Ángel de la guarda, dulce compañía,

No me desampares ni de noche ni de día

No me dejes solo que me perdería. (Rima tradicional)

Oración: Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

Ángel es una palabra griega que significa «mensajero» (la misma que está en la raíz de la palabra «eu-angelio», es decir, «mensaje bueno, propicio»). El paganismo griego conocía dioses (Hermes), y seres pertenecientes a la esfera divina (los dáimones), encargados de comunicarse con los hombres de parte de los dioses lejanos, llevarles sus órdenes, o ayudarlos en las empresas difíciles. También el mundo hebreo desarrolló una cierta «angelología», es decir, una teología de las mediaciones angélicas, aunque es un tema que entró secundariamente en la Biblia, y nunca terminó de dar lugar a un completo desenvolvimiento. En el caso del hebreo bíblico, las palabras para designar las realidades angélicas son dos: «melek» (plural: malekim) y «elohim» (es un plural de «El», y casi siempre se utiliza en plural).

 

«Melek» significa, al igual que el «ángel» griego, mensajero. «Elohim», en cambio, es más problemático, porque la palabra se utiliza también para designar a Dios mismo, así que cuando aparece hay que recurrir al contexto para saber si se está refiriendo a Dios (que se pone en plural por respeto), a los (falsos) dioses de los gentiles (que aunque son falsos, también son elohim), o a los seres del mundo divino, los ángeles. Por ejemplo, si se comparan distintas traducciones del salmo 8, se verá que algunos ponen: «[al hombre] lo has hecho poco inferior a los ángeles» (traducción litúrgica), otros: «Apenas inferior a un dios le hiciste» (Biblia de Jerusalén), o: «lo has hecho poco inferior a Dios» (New American Standard Bible, en inglés el original). En realidad las tres variantes son correctas: nuestros idiomas modernos, y sobre todo nuestra mentalidad moderna pide allí una precisión conceptual que el mundo bíblico original no tenía; digamos que exigimos saber si el ser humano es apenas inferior a los ángeles, a los dioses (verdaderos o falsos), o al propio Dios... pero para el poeta que compuso el salmo, ese verso sólo hablaba de la excelsitud de un ser humano que a pesar de estar en la tierra sólo puede medirse auténticamente en las realidades divinas, sin más precisión, pero sin menos rotundidad que esa tremenda y hermosa confianza en el valor de cada hombre. En vez de comparar al hombre con monos o moscas de la fruta, el salmo lo parangona con seres divinos, aunque de allí no pueda deducirse ninguna «teología angélica».

 

En el esquema mental griego hay como una escala de poderes -si podemos hablar así-, donde el hombre ocupa un peldaño inferior al poder de héroes y semidioses, y éstos un peldaño inferior a los dioses, quienes también están organizados entre sí según sus poderes relativos: «una y la misma es la naturaleza de dioses y hombres -dirá Píndaro-... pero nuestros poderes están separados»; semejante expresión, incluso tomándola como metáfora poética, sería absurda en la Biblia. El esquema mental de la Biblia hebrea es distinto: Dios está directamente en contacto con el hombre, lo salva, lo «amasa» para crearlo, se enfada con el hombre, se lamenta, se airía, camina a su lado, pero no compite con su poder («Yo soy Dios, no un hombre»), no puede medirse el poder del hombre con el de Dios ni el de Dios con el del hombre. Deberíamos poder afirmar que para la Biblia Dios es a la vez completamente inmanente a nuestro mundo, no menos que completamente trascendente. para usar la expresión de san Agustín -en perfecta sintonía con la sensibilidad de la Escritura- Dios es «más interior que lo más íntimo mío, superor a lo más alto mío» (Conf. III,11). Esa doble afirmación, paradójica pero que forma parte de la «experiencia de Dios» del creyente, la expresa la Biblia con metáforas, muchas veces bellas pero violentas y primitivas (como cuando Elías ve la «espalda» de Dios, o Jacob «lucha con 'Alguien'» en la noche), otras con una expresión muy querida por la Biblia: el «rostro de Dios». De Dios nunca vemos su ser sino un rostro, una manifestación. Sin embargo con el tiempo la misma fe fue exigiendo que se depurara más el lenguaje religioso para hablar del contacto con Dios con el hombre, y así se va imponiendo una nueva expresión, que aparece con la teología del profetismo: «Melek Yahveh»: el Ángel de Yahveh (el Mensajero de Yahveh). Si recorremos los primeros libros de la Biblia lo encontraremos mucho, sobre todo allí donde el contexto exige que sea el propio Dios quien habla, el texto dirá que ha sido Melek Yahveh; por ejemplo, en el relato del «sacrificio de Abraham» (Gn 22), vemos que quien se le dirige es Melek Yahveh, pero luego queda claro que el diálogo se produce con el propio Dios («ya que no me has negado...»); lo mismo pasa con la revelación de la zarza ardiendo, y en muchos otros relatos. El «ángel» -para esos textos bíblicos- no es otro que el propio Dios, y no un ser separado y distinto; sin embargo no es indiferente que los textos hablen de Melek Yahveh, en vez de hablar directamente de Yahveh, ya que ese «ángel» cumple una función específica: paradójicamente, no la de revelar a Dios, sino la de velarlo, la de no exponerlo tanto.

 

En el Nuevo Testamento, las cosas no cambian muy radicalmente, a pesar de haber sido escrito en griego y en una cultura que estaba ya en estrecho contacto con la mentalidad griega. Posiblemente una de las mejores definiciones bíblicas de «ángel», una de las definiciones más utilizadas por la teología, esté precisamente en carta a los Hebreos, 1,14: «espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación». Sin embargo, esta frase no está dicha en el contexto de una definición teológica sino de una polémica religiosa, contra aquellos que pretenden poner a los ángeles en un peldaño superior al hombre, y el versículo anterior dirá: «¿a qué ángel dijo [Dios] alguna vez: 'Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?», Está claro que carta a los Hebreo no quiere exaltar a los ángeles, sino por el contrario, volver a situarlos en la posición subordinada que tienen en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. Cristo, como verdadero hombre, se dirige a hombres, y es a los hombres a quienes abrió las puertas del Santuario Divino (Heb 9,12).

 

Para la teología, los ángeles son espíritus puros, individuales, dotados de inteligencia y voluntad, creados por Dios para asistirlo y sobre todo para realizar misiones entre los hombres y para servir al santuario divino en la liturgia eterna (ver, por ejemplo, Apocalipsis). Puesto que toda nuestra experiencia, incluso la que penetra en las realidades espirituales, comienza con los sentidos, con lo corpóreo y físico que nos rodea, poco podemos decir de ellos que no esté en peligro de desvariar y fantasear sobre realidades que se nos escapan. En la cuestión de los ángeles, como en todas las realidades que por su propia definición trascienden nuestras posibilidades de conocimiento natural, posiblemente lo mejor sea mantenernos en la confesión de fe sencilla y poética de la Biblia, sin pretender decir mucho más que lo que ella dice. No sabemos en realidad cómo existen y actúan los «ángeles custodios», si quisiéramos racionalizarlos teológicamente, terminaríamos en absurdos antropológicos; pero sí sabemos que Dios envía a sus ángeles para que nos acompañen en este mundo de soledad y dolor, como Rafael acompañó a Tobías. Igual que Rafael, los ángeles presentan a Dios las oraciones de los hombres, las introducen en el coro celestial. A la mirada materialista el hombre le parece «no más que un mono», sin embargo, Jesús nos advierte que cada hombre, incluso el más pequeño y desvalido, está ya mismo -no sólo cuando muera- ante el rostro de Dios, precisamente a través de su ángel: «Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos.» (Mt 18,10). Ciudadanos de la tierra, y a la vez ya habitantes de los cielos; seres desvalidos y vacilantes, y a la vez cada uno tan valioso y amado personalmente por Dios, que mientras por fuerza Dios tiene que aguantar que esté cada uno lejos de él por un tiempo, crea superabundantemente una realidad espiritual propia de cada hombre para que en ella habitemos, y en ella podamos encontrarnos con él.

 

Esto es lo que podríamos sintéticamente declarar de la teología de los ángeles; en cuanto a la historia de su culto, dejo la palabra al Butler: Desde los primeros tiempos de la Iglesia, se tributó honor litúrgico a los ángeles. El oficio de la dedicación de la iglesia de san Miguel Arcángel, en la Vía Salaria, y el más antiguo de los sacramentarios romanos, llamado «Leonino», aluden indirectamente en las oraciones al oficio de guardianes que desempeñan los ángeles. Desde la época de Alcuino (muerto el año 804), existe una misa votiva «ad suffragia angelorum postulanda», y el mismo Alcuino habla dos veces en su correspondencia de los ángeles guardianes. No es del todo seguro que la costumbre de celebrar esa misa sea de origen inglés, pero lo cierto es que el texto de Alcuino está incluido en el Misal de Leofrico, que data de principios del siglo X. La misa votiva de los Ángeles solía celebrarse el lunes, como lo prueba el Misal de Westminster, compuesto alrededor del año 1375. En España la tradición dice que también cada una de las ciudades tiene su ángel guardián particular. Así, por ejemplo, un oficio del año 1411 hace alusión al ángel guardián de Valencia. Fuera de España, Francisco de Estaing, obispo de Rodez, obtuvo del Papa León X una bula en la que dicho Pontífice aprobaba un oficio especial para la conmemoración de los Angeles de la Guarda el l de marzo. También en Inglaterra estaba muy extendida la devoción a los ángeles. Heriberto Losinga, obispo de Norwich, quien murió en 1119, habló con gran elocuencia sobre el tema. Por otra parte, la conocida oración que comienza «Angele Dei qui custos es mei» se debe probablemente a la pluma del versificador Reginaldo de Canterbury, quien vivió en la misma época. El Papa Paulo V autorizó una misa y un oficio especiales, a instancias de Fernando II de Austria, y concedió la celebración de la fiesta de los Santos Angeles en todo el imperio. Clemente X la extendió como fiesta de obligación a toda la Iglesia de Occidente en 1670, y fijó como fecha de la celebración, el primer día feriado después de la fiesta de San Miguel, lo que luego derivó en el 2 de octubre como fecha fija.

 

La bibliografía es la misma que la que ya presenté para el 29 de septiembre, artículo que también aconsejo leer en relación a este tema; a lo que agregaría una pequeña pero estupenda síntesis en las «101 preguntas sobre la Biblia», de Raymond Brown, especialmente la pregunta 59, pero también en otras. De la bibliografía del Butler recojo P.J.Duhr en Dictionnaire de spiritualité, vol. I (1933), cc. 580-625, donde trata a fondo la evolución histórica de la devoción al ángel de la guarda. Hay cierto pudor en la teología actual de hablar de los ángeles; ese pudor no es inmotivado. Es verdad que una parte proviene de cierto racionalismo al uso, pero también hay que tener presente que algunos divulgadores teológicos pretenden convertir en cuestiones de fe representaciones del mundo del espíritu que no valen más que en ciertos contextos o en ciertas épocas. La Iglesia cree, sin duda, en los ángeles (cfr. por ejemplo, «El credo del pueblo de Dios», de Pablo VI), y los celebramos en la liturgia, que es norma principal de la fe vivida; pero la Iglesia no manda creer en ellos de esta o aquella manera, no manda aceptar como reveladas y de verdad divina representaciones culturales concretas, como son la cantidad de «coros angélicos», los nombres de los ángeles, el modo de su existencia, o el modo como inciden o no en nuestra voluntad o en nuestro mundo. Todo ello queda librado al leal saber y a la honesta discusión de los teólogos en cada caso, y, pienso yo -como dije en el artículo-, que debería aceptarse como límite natural el lenguaje poético y simbólico usado por la Biblia.

 

Abel Della Costa

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