jueves, 25 de agosto de 2022

San José de Calasanz, presbítero y fundador

 

 

San José de Calasanz, presbítero y fundador

(memoria litúrgica)

 

Fecha: 25 de agosto
fecha en el calendario anterior: 27 de agosto
n.: 1556 - †: 1648 - país: Italia
canonización: 
B: Benedicto XIV 18 ago 1748 - C: Clemente XIII 16 jul 1767
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 

Elogio: San José de Calasanz, presbítero, que promovió escuelas populares para la formación de los niños y adolescentes en el amor y en la sabiduría del Evangelio, y fundó en Roma la Orden de Clérigos Regulares de las Escuelas Pías (escolapios).

Patronazgos: patrono de los niños y de las escuelas populares cristianas.

Refieren a este santo: San Juan LeonardiBeata María Teresa de Soubiran La LouvièreBeato Pedro de la Natividad de Santa María Virgen CasaniSan Pompilio María Pirrotti


Oración: Señor, Dios nuestro, que has enriquecido a san José de Calasanz con la caridad y la paciencia, para que pudiera entregarse sin descanso a la formación humana y cristiana de los niños, concédenos, te rogamos, imitar en su servicio a la verdad al que veneramos hoy como maestro de sabiduría. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

José era el menor de los cinco hijos de Pedro Calasanz y María Gastón. Nació en 1556, en el castillo de su padre, cerca de Peralta de la Sal, en Aragón. Estudió humanidades en Estadilla, donde sus compañeros se burlaban continuamente de su virtud y de su fidelidad en el cumplimiento de sus deberes religiosos. Su padre deseaba que fuese militar; pero José tenía otros planes y logró persuadirle de que le dejase ir a estudiar en la Universidad de Lérida, donde se doctoró en leyes antes de trasladarse a Valencia. Se cuenta que salió de ahí para huír de una joven pariente suya, que le sometió a una tentación semejante a la que muchos siglos antes había sufrido otro José en la corte del faraón. En la Universidad de Alcalá prosiguió sus estudios de teología y, en 1583, fue ordenado sacerdote, a los veintiocho años de edad. Pronto se extendió la fama de la sabiduría y bondad del P. José; más tarde, el obispo de Urgel le nombró vicario general de la provincia de Trempe. Tuvo ahí mucho éxito que aumentó cuando fue enviado a la región de la diócesis más próxima a los Pirineos, es decir, a Andorra, de la que el obispo de Urgel era a la vez «Pastor y Soberano», un título que conserva hasta la actualidad. Esa región solitaria e inaccesible se hallaba en un estado lamentable de decadencia moral y religiosa. San José visitó hasta el último rincón, tratando de renovar en el clero el sentido de sus responsabilidades y obligaciones. Después volvió a Trempe, donde estuvo hasta que fue nombrado vicario general de toda la diócesis. Pero desde tiempo atrás, José se sentía llamado a una tarea muy diferente. Así pues, resolvió renunciar u su oficio y beneficios, repartió su patrimonio entre sus hermanas y los pobres (guardando para sí lo necesario) y dotó varias instituciones de caridad. En 1592, salió de España con rumbo a Roma.

En la Ciudad Eterna encontró a un antiguo amigo de Alcalá, Ascanio Colonna, que era ya cardenal. El santo estuvo cinco años bajo la protección de los Colonna. Durante la peste de 1595, se distinguió por su generosidad y valor, porfiando con su amigo Camilo de Lelis por ver quién de los dos se entregaba más ardientemente al cuidado de los enfermos y moribundos. Sin embargo, José no perdía de vista el proyecto que le había movido a ir a Roma, a saber: el problema de la instrucción de los niños huérfanos y abandonados, que tan urgentemente necesitaban que alguien se ocupase de ellos. Para entonces, el santo ya se había hecho miembro de la cofradía de la Doctrina Cristiana, que tenía por finalidad instruir a los niños y a los adultos los domingos y días de fiesta. En esa forma, el P. José pudo ver con sus propios ojos la miseria e ignorancia en que vivían los niños. Pronto se convenció de que no bastaba con ofrecer un poco de instrucción una vez por semana y de que hacía falta establecer escuelas gratuitas. Empezó, pues, por persuadir a los directores de las escuelas parroquiales de que admitiesen gratuitamente a algunos alumnos pobres, pero resultaba imposible resolver el problema, sin elevar los salarios de los profesores, y el Senado Romano se negó a proporcionar fondos para ello. El santo acudió a los jesuitas y a los dominicos, pero los miembros de ambas órdenes estaban ya tan cargados de trabajo, que no podían soñar en ampliar aún más sus actividades. El P. José llegó a la conclusión de que Dios quería que él se ocupase personalmente del problema y tratase de resolverlo solo. El párroco de Santa Dorotea, Antonio Brendani, puso a disposición del santo dos habitaciones y sus propios servicios; otros dos sacerdotes se ofrecieron a colaborar en la empresa y, en noviembre de 1597, se inauguró una escuela gratuita.

Al cabo de una semana, había ya cien alumnos y el número creció rápidamente. El fundador hubo de comprometerse a pagar profesores escogidos entre los clérigos que carecían de beneficio. En 1599, San José consiguió una nueva casa para la escuela y obtuvo del cardenal Ascanio Colonna permiso para vivir en ella con los otros profesores. José actuaba como superior de la pequeña comunidad. En los dos años siguientes, el número de alumnos llegó a setecientos y, en 1602, la escuela tuvo que mudarse de nuevo a una casa más espaciosa, contigua a la iglesia de Sant'Andrea della Valle. Un día en que el P. José colgaba una campana en el patio, se cayó de la escalera y se rompió una pierna: a resultas del accidente quedó cojo y sufrió durante el resto de su vida. Clemente VIII hizo un préstamo a la escuela y los personajes de importancia empezaron a enviar a sus hijos a ella, lo cual provocó violentas críticas de parte de los profesores de las escuelas parroquiales y de algunas otras personas. Cuando las acusaciones llegaron a oídos del Pontífice, éste pidió a los cardenales Antoniani y Baronio que visitasen la escuela por sorpresa. Así se hizo y los informes de los prelados fueron tan buenos, que Clemente VIII tomó la escuela bajo su protección. La visita volvió a repetirse en circunstancias semejantes durante el pontificado de Paulo V, quien duplicó la pensión de la escuela. Pero esas dificultades no eran más que el comienzo de las persecuciones de que San José de Calasanz sería objeto durante toda su vida. No obstante, continuó el crecimiento y prosperidad de la obra. En 1611, el santo compró para la escuela un «palazzo» próximo a la iglesia de San Pantaleón. Había ya cerca de mil alumnos, entre los que se contaba cierto número de judíos, a quienes el santo abría las puertas y trataba con suma bondad. Poco a poco se inauguraron otras escuelas; en 1621, la Santa Sede aprobó la nueva congregación religiosa de enseñanza, y san José fue nombrado superior general. Las preocupaciones del superiorato no apartaron al santo de la más estricta observancia ni del cuidado de los menesterosos, de los enfermos y de todos aquellos a quienes podía prestar alguna ayuda. Por entonces, llegó a Roma con su esposa un inglés llamado Tomás Cocket, quien había quedado fuera de la ley en Inglaterra por haber abjurado del protestantismo. El santo le ayudó cuanto pudo, y el Papa, siguiendo su ejemplo, asignó una pensión a los refugiados. La congregación se extendió en los diez años siguientes en Italia y en el Imperio.

En 1630, ingresó en la congregación en Nápoles un sacerdote de unos cuarenta años de edad, llamado Mario Sozzi, quien hizo la profesión a su debido tiempo. Durante varios años, la perversa conducta de dicho sacerdote fue una rémora para sus hermanos. Habiendo conseguido cierta influencia en el Santo Oficio, el P. Sozzi se las ingenió para obtener el puesto de provincial de los Clérigos Regulares de las Escuelas Cristianas en Toscana, con poderes extraordinarios e independencia total del superior general. Su gobierno de la provincia, caprichoso y malévolo, puso en mala situación al P. José ante las autoridades romanas. No contento con ello, el P. Sozzi le denunció al Santo Oficio. El cardenal Cesarini, protector de la congregación, mandó confiscar todas las cartas y papeles del P. Sozzi para reivindicar al santo; pero entre los papeles del P. Sozzi había algunos documentos del Santo Oficio, el cual, incitado por Sozzi, le mandó arrestar y conducir por las calles de Roma como un malhechor. San José compareció ante los asesores, y sólo se salvó de la prisión gracias a la intevención del cardenal Cesarini. Pero el P. Sozzi quedó impune y siguió buscando la manera de apoderarse del gobierno de la congregación, haciendo valer que el santo estaba ya muy anciano y achacoso para gobernar. Finalmente, logró que el P. José fuese suspendido del generalato y que se nombrase un visitador apostólico que le era favorable. El P. Sozzi y el visitador se apoderaron prácticamente del mando y sometieron al fundador al trato más injusto y humillante que se pueda imaginar. El desorden que reinaba en la congregación era tal, que los súbditos leales no conseguían convencer de la verdad a las autoridades eclesiásticas.

A fines de 1643, murió el P. Sozzi y le sucedió en el gobierno el P. Cherubini, quien siguió la misma política. San José soportó esas pruebas con maravillosa paciencia, urgiendo a sus hermanos a obedecer a la autoridad «de facto». En cierta ocasión, llegó hasta ofrecer refugio al P. Cherubini, contra el que se habían rebelado los sacerdotes más jóvenes, indignados por su conducta. La Santa Sede había nombrado desde hacía algún tiempo una comisión de cardenales para estudiar el asunto y, en 1645, restituyó finalmente al santo el puesto de superior general. La noticia llenó de gozo a la mayor parte de los religiosos; pero los descontentos, apoyados por una pariente del Papa, apelaron nuevamente al Pontífice. La suerte les favoreció y, en 1646, un breve de Inocencio X redujo la Congregación de los Clérigos Regulares de las Escuelas Cristianas a la categoría de simple asociación sujeta a los obispos de las respectivas diócesis. Así, a los noventa años de edad, el santo tuvo la pena de ver desmoronarse aparentemente su obra, por autoridad de la Santa Sede, a la que tanto amaba, y de verse humillado a los ojos del mundo. Cuando se enteró de la noticia, murmuró simplemente las palabras de Job: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó. ¡Bendito sea!»

El P. Cherubiui fue encargado de la tarea de redactar las nuevas reglas y constituciones. Pero unos cuantos meses después, los auditores de la Rota comprobaron los cargos que se habían hecho contra él de malversación de fondos del Colegio Nazareno, del que era rector. El P. Cherubini salió de Roma en desgracia. Volvió al año siguiente, arrepentido del papel que había desempeñado en la conspiración contra san José y murió en brazos de éste. San José de Calasanz murió pocos meses después, el 25 de agosto de 1648 y fue sepultado en la iglesia de San Pantaleón. Tenía entonces noventa y dos años. A nadie escapa la semejanza de la vida de san José con la de san Alfonso María de Ligorio. Durante los días turbulentos de la historia de la fundación de los redentoristas, san Alfonso solía consolarse leyendo la vida de san José de Calasanz. Este último fue canonizado en 1767, seis años antes de la muerte de Alban Butler, quien sólo le consagró un breve artículo. En él le calificaba de «segundo Job, perpetuo milagro de fortaleza». El cardenal Lambertini, que más tarde fue Papa con el nombre de Benedicto XIV, empleó la misma comparación ante la Sagrada Congregación de Ritos, en 1728. El fracaso de la obra de san José fue sólo aparente. La supresión de la congregación despertó oposición y protestas en varias ciudades; en 1656, se concedió a los Clérigos Regulares de las Escuelas Cristianas la profesión de votos simples y, en 1669, se aprobó de nuevo la congregación. Los hijos de San José de Calasanz (comúnmente llamados escolapios) se hallan actualmente establecidos en varias partes del mundo.

Los biógrafos del santo han aprovechado bien los documentos de los procesos de beatificación y canonización. Tal es particularmente el caso de la biografía italiana del siglo XVIII. Probablemente, la primera biografía detallada fue la que escribió el P. Mussesti (escolapio) para información del Papa Alejandro VII, menos de veinte años después de la muerte del santo. De entonces acá, se han publicado numerosas biografías en italiano, francés, español y alemán. Citaremos entre ellas las de Timon-David (1883), Tommaseo (1898), Casanovas y Sanz (1904) , Heidenreich (1907) , Giovanozzi (1930) y Santoloci (1948) . Véase también Heimbucher, Order und Kongregationen der Kat. Kirche, vol. III, pp. 287-296; y Pastor, Geschichte der Päpste, sobre todo vol. XI, pp. 431-433.
Cuadro: Francisco de Goya y Lucientes: «La última comunión de san José de Calasanz», 1819, en la Pía Escuela de San Antón, en Madrid.

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3024

 

jueves, 18 de agosto de 2022

San Pío X, papa

 

 

San Pío X, papa

 (memoria litúrgica)



Fecha: 21 de agosto

Fecha en el calendario anterior: 3 de septiembre

n.: 1835 - †: 1914 - país: Italia

Canonización: B: Pío XII 3 jun 1951 - C: Pío XII 29 may 1954

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: Memoria de san Pío X, papa, que primero fue sacerdote en una parroquia, y después obispo de Mantua y patriarca de Venecia, en Italia. Finalmente, elegido Sumo Pontífice, se propuso como programa de gobierno recapitular todo en Cristo, lo que llevó a cabo con simplicidad de ánimo, pobreza y fortaleza, promoviendo entre los fieles la vida cristiana con la participación en la Eucaristía, la dignidad de la sagrada liturgia y la integridad de la doctrina.

Patronazgos: Patrono de los catequistas refieren a este santo: Beato Andrés Jacinto Longhin

 

Oración: Señor, Dios nuestro, que, para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, colmaste al papa san Pío décimo de sabiduría divina y fortaleza apostólica, concédenos que, siguiendo su ejemplo y su doctrina, podamos alcanzar la recompensa eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

El barón von Pastor, distinguido historiador de pontífices, escribió esta observación sobre el papa Pío X: «Era uno de esos hombres elegidos, de los que hay pocos, con una personalidad irresistible. Todos tenían que sentirse conmovidos por su absoluta sencillez y su bondad angelical. Sin, embargo, era algo más lo que le hacía entrar en todos los corazones; ese 'algo' se puede definir mejor al observar que todo aquél que fue admitido a su presencia salió con la profunda convicción de haber estado frente a un santo. Y, entre más se sabe sobre él, mayor fuerza adquiere esta convicción».

 

El futuro Papa santo vino al mundo en 1835, como hijo de un cartero y mensajero municipal de humilde condición, en la populosa ciudad de Riese, en el Véneto. Fue el segundo de los diez hijos de la pobre familia del servidor del municipio, y se llamó Giuseppe Sarto. Cuando niño, asistió a la escuela elemental de Riese, pero gracias a las instancias y la ayuda del cura párroco, pasó a la escuela superior de Castelfranco, a una distancia de ocho kilómetros, que el chico recorría a pie dos veces al día. Más tarde, en virtud de una beca que se obtuvo para él, pudo asistir al seminario de Padua. Por dispensa especial, se le ordenó sacerdote a la edad de veintitrés años y, desde aquel momento, se entregó completamente al ministerio pastoral; al cabo de dieciséis años, ascendió a canónigo en Treviso, donde prosiguió con mayor ahínco su dura y generosa tarea sacerdotal. En 1884, fue consagrado obispo de Mantua, una diócesis que, por entonces, se hallaba en bajas condiciones morales, debido a su clero negligente hasta el extremo de haber provocado un cisma en dos poblaciones. Fue tan limpio y brillante el triunfo que obtuvo el obispo en el desempeño de aquel cargo plagado de dificultades que, en 1892, el papa León XIII consagró a Mons. Sarto como cardenal sacerdote de San Bernardo de los Baños y, casi inmediatamente, lo elevó a la sede metropolitana de Venecia, que comprende el título honorífico de patriarca. Ahí se transformó en un verdadero apóstol para toda la región del Véneto y puso de manifiesto el valor de su sencillez y su rectitud, en una sede que se ufanaba de su magnificencia y de su pompa.

 

A la muerte de León XIII, en 1903, era creencia general que habría de sucederle en la cátedra de San Pedro el cardenal Rampolla del Tíndaro; las tres primeras votaciones del cónclave indicaron que la opinión general estaba en lo cierto; pero entonces, el cardenal Puzyna, arzobispo de Cracovia, comunicó a la asamblea de electores que el emperador Francisco José de Austria imponía el veto formal contra la elección de Rampolla. El anuncio causó una profunda conmoción; los cardenales protestaron con energía por la intervención del emperador y las cosas llegaron al punto de efervescencia, cuando Rampolla, con mucha dignidad, retiró su candidatura (la historiografía posterior más bien afirma que Rampolla no habría sido elegido de ningún modo). Al cabo de otras cuatro votaciones, resultó elegido el cardenal Giuseppe Sarto. Así llegó a la cátedra de Pedro un hombre de humilde cuna, sin relevantes dotes intelectuales, sin experiencia en las diplomacias eclesiásticas, pero con un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, y tan bueno que parecía irradiar gracias: «un hombre de Dios que conocía los infortunios del mundo y las penurias de la existencia y, en la grandeza de su corazón, sólo quería arreglarlo todo y consolar a todos». Uno de los primeros actos del nuevo papa fue el de recurrir a la constitución «Commissum nobis», a fin de terminar, de una vez por todas, con cualquier supuesto derecho de cualquier poder civil para interferir en una elección papal, por el veto u otro procedimiento. Más adelante, dio un paso cauteloso pero definitivo hacia la reconciliación entre la Iglesia y el Estado, en Italia, al levantar prácticamente el «Non Expedit», que impedía, en la práctica a los católicos participar en las elecciones de su país.

 

Su manera de hacer frente a la muy crítica situación que no tardó en presentarse en Francia fue directa y tan efectiva como cualquiera de los medios diplomáticos en uso. En 1905, luego de numerosos incidentes, el gobierno francés denunció el concordato de 1801, decretó la separación de la Iglesia y el Estado y emprendió una campaña agresiva contra la Iglesia. El gobierno propuso crear una organización para que se preocupara de las propiedades eclesiásticas, bajo el nombre de «associations cultuelles», a la que muchos de los prominentes personajes católicos de Francia deseaban someterse por vías de ensayo; pero, tras una serie de consultas con los obispos franceses, el Papa Pío X emitió un par de declaraciones enérgicas y dignas, por las que condenaba la ley de separación y calificaba la «asociación» de anticanónica. A los que se quejaban de que había sacrificado todas las posesiones de la Iglesia en Francia, les respondió: «Aquéllos se preocupaban demasiado por los bienes materiales y muy poco por los espirituales». La separación ofreció la ventaja de que, a partir de entonces, la Santa Sede pudo nombrar directamente a los obispos franceses, sin la nominación previa de los poderes civiles. «Pío X -declaró el obispo de Nevers, Mons. Gauthey- nos emancipó de la esclavitud al costo del sacrificio de nuestras propiedades. Que Dios le bendiga por siempre, por no haber titubeado en imponernos ese sacrificio». La severa actitud del papa causó tantos trastornos y dificultades al gobierno francés que, veinte años más tarde, se avino a concertar un nuevo acuerdo, dentro de los cánones, para la administración de las propiedades de la Iglesia.

 

El nombre de Pío X se vincula generalmente y con toda razón, al movimiento que purgó a la Iglesia de ese «resumen de todas las herejías», al que alguno tuvo la ocurrencia de llamar «Modernismo». Un decreto del Santo Oficio fechado en 1907, condenó a ciertos escritores y ciertas ideas; muy pronto le siguió la carta encíclica «Pascendi dominici gregis», en la que se indicaban peligrosas tendencias de alcance imprevisible, se señalaban y condenaban las manifestaciones del «modernismo» en todos los campos. Pero también se adoptaron medidas muy enérgicas y, a pesar de que hubo furiosas oposiciones, el modernismo en la Iglesia quedó prácticamente aniquilado al primer golpe. Ya había conquistado bastante terreno entre los católicos y, sin embargo, no fueron pocos, aun entre los ortodoxos, quienes opinaron que la condena del Papa había sido excesiva y rayana en una mojigatería obscurantista (esto se debió más bien a la abundancia de los «más papistas que el Papa»; éstos, por ejemplo, tenían en sus listas de «sospechosos» al cardenal Della Chiesa, que llegaría a ser Benedicto XV). El error de esta observación quedó demostrado cuando cinco años después, en 1910, la encíclica del Papa sobre San Carlos Borromeo fue mal interpretada y se ofendieron los protestantes en Alemania. Pío X publicó la explicación oficial del párrafo mal interpretado en el Osservatore Romano y ahí mismo recomendó a los obispos alemanes que no hiciesen más comentarios ni publicidad en torno a la encíclica, en el púlpito o en la prensa.

 

En su primera encíclica Pío X anunciaba que su meta primordial era la de «renovarlo todo en Cristo» y, sin duda que con ese propósito en mente, redactó y aprobó sus decretos sobre el sacramento de la Eucaristía. Por ellos, recomendaba y encomiaba la comunión diaria, si fuese posible (en la Edad Media y, posteriormente en la época del jansenismo, los fieles católicos comulgaban rarísima vez; la comunión diaria o muy frecuente se consideraba como algo extraordinario y aun indebido); que los niños se acercaran a recibirla al llegar a la edad de la razón, y que se facilitara el suministro de la comunión a los enfermos. Pero no sólo se preocupó por el ministerio del altar, sino también por el de la palabra, puesto que instaba a la diaria lectura de la Biblia, aunque en este caso las recomendaciones del Papa no fueron tan ampliamente aceptadas. Desde 1903, y con el objeto de aumentar el fervor en el culto divino, emitió por iniciativa propia (motu proprio), una serie de instrucciones sobre la música sacra, destinadas a terminar con los abusos al respecto y a restablecer el uso del canto llano en la Iglesia. Dio alientos a los trabajos de la comisión para la codificación de las leyes canónicas y fue él quien llevó a cabo la completa reorganización de los tribunales, oficinas y congregaciones de la Santa Sede. También estableció Pío X una comisión correctora y revisora del texto Vulgata de la Biblia (este trabajo les fue encomendado a los monjes benedictinos) y, en 1909, fundó el Instituto Bíblico para el estudio de las Escrituras y lo dejó a cargo de la Compañía de Jesús.

 

Siempre consagró sus preocupaciones y actividades a los débiles y los oprimidos. Con inusitada energía, denunció los malos tratos a que eran sometidos los indígenas en las plantaciones de caucho del Perú. Creó y organizó una comisión de ayuda a los damnificados, tras el desastroso terremoto de Messina y, por cuenta propia, acogió a numerosos refugiados en el hospicio de Santa Marta, junto a San Pedro. Sus caridades, en todas las partes del mundo donde se necesitaban socorros, eran tan abundantes y frecuentes, que las gentes de Roma y de toda Italia se preguntaban de dónde saldría tanto dinero. La sencillez de sus hábitos personales y la santidad de su carácter se ponían de manifiesto en su costumbre de visitar cada domingo, alguno de los patios, rinconadas o plazuelas del Vaticano, para predicar, explicar y comentar el Evangelio de aquel día, a todo el que acudiera a escucharle. Era evidente que Pío X se sentía desconcertado y tal vez un poco escandalizado, ante la pompa y la magnificencia del ceremonial en la corte pontificia. Cuando era patriarca de Venecia, prescindió de una buena parte de la servidumbre y no toleró que nadie, fuera de sus hermanas, le preparase la comida; como Pontífice, eliminó la costumbre de conferir títulos de nobleza a sus familiares. «Por disposición de Dios -solía decir- mis hermanas son hermanas del papa. Eso debe bastarles». En una ocasión, antes de cierta ceremonia, exclamó ante un viejo amigo suyo: «¡Mira cómo me han vestido!» y se echó a llorar. A otro de sus amigos, le confesó: «No cabe duda de que es una penitencia verse obligado a aceptar todas estas prácticas. ¡Me condujeron entre soldados, como a Jesús cuando le apresaron en Getsemaní!» No son estas simples anécdotas divertidas, sino actitudes y acciones que describen por sí mismas la grandeza de corazón y la sencillez de la bondad de Pío X. A un joven inglés, protestante convertido al catolicismo y que deseaba ser monje, pero sentía el escrúpulo de haber estudiado muy poco, le dijo el Papa: «Para alabar a Dios bien, no se necesita ser sabio». Un escritor de Mántua publicó un libro de carácter sensacionalista en el que lanzaba infames acusaciones contra Pío X; éste no quiso emprender ninguna acción legal, pero, en cuanto supo que el calumniador se hallaba en bancarrota, el papa le envió dinero a escondidas: «Un hombre tan desdichado, comentó, necesita oraciones más que castigos».

 

Aún durante su vida, Dios utilizó al papa Pío X como instrumento de sus milagros y, hasta en esos casos sobrenaturales, se puso de manifiesto su perfecta modestia y sencillez. Durante una audiencia pública, uno de los asistentes mostró su brazo paralizado al tiempo que decía: «¡Cúrame, Santo Padre!» El papa se acercó sonriente, tocó el brazo tumefacto y dijo amablemente: «Sí, sí». Y, el hombre quedó curado. En otra audiencia privada, una niña de once años que estaba paralítica, pidió lo mismo. «¡Quiera Dios concederte lo que deseas!», dijo el Pontífice. La niña se levantó y anduvo por sí misma. Una monja que sufría de una tuberculosis muy avanzada, le pidió la salud. «Sí», fue todo lo que repuso Pío X, mientras ponía las manos sobre la cabeza de la religiosa. Aquella tarde, el médico declaró que estaba completamente sana. El 24 de junio de 1914, la Santa Sede firmó un concordato con Servia; cuatro días más tarde, el archiduque Francisco de Austria y su esposa fueron asesinados en Sarajevo; a la medianoche del 4 de agosto, Alemania, Francia, Austria, Rusia, Gran Bretaña, Servia y Bélgica estaban en guerra: era el undécimo aniversario de la elección del Papa. Pío X no sólo había vaticinado aquella guerra europea, como otros muchos, sino que profetizó que estallaría definitivamente para el verano de 1914. Aquel conflicto fue para el Papa un golpe fatal. «Esta será la última aflicción que me mande el Señor. Con gusto daría mi vida para salvar a mis pobres hijos de esta terrible calamidad». Pocos días más tarde sufrió una bronquitis; al día siguiente, 20 de agosto, murió. Fue la primera víctima notable de la Gran Guerra. «Nací pobre, he vivido en la pobreza y quiero morir pobre», dijo en su testamento. Su contenido demostró la verdad de aquellas palabras: su pobreza era tanta que hasta la prensa anticlerical quedó admirada.

 

Después del funeral en la basílica de San Pedro, Mons. Cascioli, escribió lo siguiente: «No tengo la menor duda de que este rincón de la cripta se convertirá, muy pronto, en un santuario, un centro de peregrinación ... Dios glorificará ante el mundo a este Papa cuya triple corona fue la pobreza, la humildad y la bondad». Y así fue por cierto. El Pontificado de Pío X no fue tranquilo y el papa mostró resolución en su política. Si no tuvo enemigos -porque para eso se necesitan dos- hubo muchos que le criticaron, lo mismo dentro que fuera de la Iglesia. Pero, al morir, todas las voces fueron una; desde todas partes, desde todas las clases surgió un llamado para que se reconociera la santidad de Pío X, el que fuera Giuseppe Sarto, el niño del cartero. En 1923, los cardenales de la curia decretaron que se había abierto su causa, firmada por veintiocho prelados. En 1954, el Papa Pío XII canonizó solemnemente a su predecesor ante una enorme multitud que llenaba la plaza de San Pedro, en Roma. Aquel fue el primer papa al que se canonizaba desde Pío V, en 1672.

 

El abad Pierami, el promotor de la causa, publicó en 1928 una breve biografía, escrita en tono devoto, y con valiosos datos. Ver también, Memories of Pope Pius X (1939) del cardenal Merry del Val; Symposiurn of the Life and Work of Pius X (1947), de R. M. Iluben; Pie X (1951), de V. Marrnoiton.

 

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

accedida 6281 veces

ingreso o última modificación relevante: ant 2012

 

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_2967

 

 

San Ezequiel Moreno Díaz, religioso y obispo

 

 

San Ezequiel Moreno Díaz,

 religioso y obispo

 

Fecha de inscripción en el santoral: 19 de agosto

n.: 1848 - †: 1906 - país: España

Canonización: B: Pablo VI 1 nov 1975 - C: Juan Pablo II 11 oct 1992

Hagiografía: Agustinos Recoletos

 

Elogio: San Ezequiel Moreno Díaz, obispo de Pasto, en Colombia, de la Orden de Agustinos Recoletos, que dedicó toda su vida a anunciar el Evangelio, tanto en las Islas Filipinas como en América del Sur, y falleció en Monteagudo, lugar de Navarra, en España.

 

Oración: Oh Dios, que nos ofreces en san Ezequiel, obispo, un modelo de fidelidad al Evangelio y de pastor según el Corazón de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, viviendo con alegría nuestro testimonio cristiano, estemos plenamente dirigidos a ti y consagrados al servicio de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

Dios elige a los humildes para hacer cosas grandes. Y humildes fueron los orígenes del que había de ser restaurador de los agustinos recoletos en Colombia, promotor de tres circunscripciones misioneras en esa misma nación, obispo de Pasto y defensor de la Iglesia en su enfrentamiento con el liberalismo en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

 

San Ezequiel Moreno nació el año 1848 en Alfaro (La Rioja). Como hijo del pueblo su niñez y adolescencia carecen de historia. Apenas hay en ellas lances dignos de ser recordados. Sus padres, Félix Moreno y Josefa Díaz, eran de extracción humilde y de religiosidad acendrada. Su padre, un modesto sastre, era conocido por su piedad. Ezequiel, el tercero de sus seis hijos, asistió a la escuela pública, formó parte de la capilla de música del pueblo y sirvió a las monjas dominicas de monaguillo y sacristán. De 1861 a 1864 cursó latinidad con intención de ingresar en el noviciado misionero que los agustinos recoletos tenían en el vecino pueblo de Monteagudo, donde ya se encontraba su hermano Eustaquio. El 21 de septiembre de 1864 tomó el hábito religioso y al año siguiente pronunció los votos y el juramento de pasar a las misiones de Filipinas. Entre 1864 y 1871 completó su formación teológica y espiritual en los seminarios de la orden. El 2 de junio de 1871, a los 23 años de edad, recibió la ordenación sacerdotal en Manila.

 

Misionero y formador de misioneros, 1870-1888

De 1872 a 1885 ejerció el ministerio sacerdotal en varias islas de Filipinas: Palawan (1872), Mindoro (1873-76) y Luzón (1876-85). Sus ocupaciones fueron las ordinarias de un párroco de la época: misa diaria, catequesis infantil, homilía dominical, atención a los enfermos, dirección de asociaciones católicas, etc. La catequesis, los enfermos y las correrías misionales por los campos de sus parroquias ocupaban su tiempo. En Palawan y Mindoro entró en relación con los infieles que todavía abundaban en amplias zonas de su geografía. Y en todas partes hacía frecuentes visitas a los cristianos diseminados por campos, ríos y sementeras, y desprovistos de servicios civiles y religiosos.

 

En 1885 volvió a España como prior del noviciado de Monteagudo. En él vivió tres años dedicado a la formación de los futuros misioneros. En sus pláticas a la comunidad torna una y otra vez sobre el culto litúrgico, las devociones populares, el aseo del templo y de los ornamentos sagrados, las ceremonias y el espíritu que debe nutrirlas. Privilegia a la oración mental y al oficio divino, pero de vez en cuando siente la necesidad de asociarse al pueblo y cantar con él las alabanzas del Señor. Saboreaba particularmente la Hora Santa del Jueves Santo, las primeras comuniones, las celebraciones de mayo y junio y otras funciones en honor del Sagrado Corazón y de la Virgen.

 

Su segunda preocupación fue la observancia regular. A ejemplo de san Pablo, veía en la ley un pedagogo insustituible, que señala al alma el camino que conduce a Cristo, la libra de falsos espejismos y le ahorra multitud de idas y venidas. Las constituciones, el ceremonial, el ritual, cualquier orden o precepto de los superiores suscitaban en su corazón reverencia y acatamiento, y como superior se sentía obligado a trasmitir a sus súbditos esos mismos sentimientos.

 

En estos años la comunidad era el centro de su vida, pero nunca la quiso aislada del mundo circunstante. Prestaba gustoso sus servicios a los párrocos vecinos, atendía a las comunidades religiosas de la comarca y en momentos de penuria se volcaba en ayuda de los necesitados. Durante la carestía de 1887 llegó a socorrer diariamente a unos 400 menesterosos. De ordinario eran más de trescientos los menesterosos que se acercaban diariamente a la puerta del convento en demanda de una comida regular (Juan Cruz Gómez, 28 enero 1897).

 

Restaurador de los agustinos recoletos en Colombia y vicario apostólico de Casanare, 1889-1896

A finales de 1888 Ezequiel cruza el océano con rumbo a Colombia, donde residirá hasta principios de 1906, en que la enfermedad le obligó a tornar a su patria. Este viaje divide su vida en dos grandes secciones. La primera, según queda apuntado, se asemeja a la de tantos religiosos y párrocos de la época. En la segunda adquiere relieve público y se convierte en símbolo de una causa. Actúa en ambientes más complejos y desempeña funciones más delicadas.

 

Hasta 1894 reside en Santafé de Bogotá, ocupado en la restauración de la antigua provincia agustino-recoleta de Colombia, reducida entonces a un minúsculo grupo de religiosos exclaustrados, dispersos por parroquias y capellanías y ayunos de espíritu corporativo. Simultáneamente desarrolla una intensa actividad apostólica y promueve la restauración de las misiones de Casanare, en decadencia desde los días de la Independencia (1810-21) y casi desamparadas durante los últimos cinco lustros. En 1893 la Santa Sede creaba el vicariato apostólico de Casanare y confiaba su administración al padre Ezequiel, a quien elevaba a la dignidad episcopal. Casanare se convertía así en el primer vicariato apostólico de Colombia y abría una nueva época en la historia de sus misiones.

 

Su permanencia en Casanare no llegó a dos años y durante varios meses se vio entorpecida por la guerra civil y los rumores de su traslado a la sede de Pasto. Sin embargo, recorrió todo su territorio y confeccionó un buen programa pastoral. Distribuyó a sus 16 misioneros en cuatro puntos: Arauca, al norte; Támara, en el centro; Orocué, al sur; y Chámeza, al oeste. Impulsó la catequesis y se interesó por los infieles guahibos y sálivas, para cuyos hijos preparó sendos orfanatos, organizó asociaciones católicas y, sobre todo, se empeñó en que la palabra de Dios volviera a resonar con regularidad en aquellos inmensos parajes.

 

Obispo de Pasto, 1896-1906

El 2 de diciembre de 1895 fue preconizado obispo de Pasto, pero hasta junio del año siguiente no pudo trasladarse a su destino. Fue un pastor vigilante, consciente de su responsabilidad y atento a las necesidades de sus ovejas, a las que supo alimentar con doctrina segura y abundante. Sus circulares, pastorales y opúsculos doctrinales, transparentes y transidos de fervor, eran buscados dentro y fuera de su diócesis, porque afrontaban los temas más candentes de cada momento y proponían una doctrina inspirada en los valores perennes del Evangelio. Su enfrentamiento con el liberalismo no es más que una simple manifestación de su celo pastoral. Veía en él un cuerpo de ideas y procedimientos contrarios al cristianismo y una voluntad explícita de desterrar a Cristo de la sociedad y de las almas. Sus ideas proceden de las encíclicas de Pío IX y León XIII, que conocía a la perfección, del magisterio de otros obispos y de prestigiosos moralistas, canonistas y tratadistas religiosos de la época. Pero la educación recibida, la tradición antirreligiosa del liberalismo colombiano y la virulencia antieclesiástica del gobierno de Ecuador, contiguo y en estrecha comunicación con su diócesis, le inclinaron a interpretar las orientaciones romanas en sentido restrictivo.

 

Giró varias visitas pastorales, llegando incluso a las regiones más inhóspitas de su vastísima diócesis (160.000 km2). Promovió la creación de sendas prefecturas apostólicas en el Caquetá y Tumaco. Dio gran impulso a las misiones populares, al culto al Sagrado Corazón y, sobre todo, a la catequesis, a la que dedicó varias circulares y pastorales. En las visitas pastorales le gustaba presenciar la catequesis «sentado en cualquier asiento y a veces en el suelo». Otras veces la dirigía él mismo al aire libre y sentado sobre un tronco de árbol. A los párrocos les recordó la obligación de no omitir la homilía durante la misa del domingo ni la instrucción religiosa después de ella.

 

Visitaba semanalmente el hospital y el orfanato y, menos a menudo, la cárcel. De vez en cuando se sentaba en el confesionario. Las fiestas más solemnes y los domingos de adviento y cuaresma predicaba en la catedral. Siguió de cerca la formación de sus seminaristas y envió a dos de ellos a ampliar estudios en Roma. Con el clero, tanto secular como regular, estuvo siempre en buenas relaciones. Los ejercicios anuales solía celebrarlos en compañía del clero diocesano. No admitía acusación alguna contra sus sacerdotes que no estuviera sufragada por dos o más testigos.

 

Última enfermedad y muerte

San Ezequiel no fue mártir en sentido estricto. Pero sufrió penas y dolores de auténtico mártir. Su vida entera rezuma privaciones, sufrimientos, dolores físicos y morales. Y sus últimos meses fueron un martirio prolongado. A finales de junio de 1905 advierte la presencia de unas llagas malignas en la nariz. Se siente débil, con la cabeza cargada y molestias en la boca. Pero durante meses conduce la vida de siempre. Se levanta a la misma hora, despacha los asuntos ordinarios y hasta piensa en la erección de una prefectura apostólica en Tumaco. A finales de octubre recibe con la máxima serenidad la confirmación de que el origen de todos sus males es un cáncer maligno: «Me he puesto en las manos de Dios. Él hará su santa voluntad».

 

El clero de la diócesis no compartió su indiferencia y le ordenó viajar a Barcelona, donde se esperaba que un célebre cirujano pudiera operarlo con éxito. Él acata la voluntad de su clero y el 18 de diciembre sale rumbo a Barcelona. Iba postrado, sin apetito y con dolores continuos. Sin embargo, no se le escapa un lamento y tiene ánimos para ir a despedirse de la Virgen de Las Lajas, ordenar a un diácono en el camino y celebrar misa todos los días.

 

El 10 de febrero llegaba a Madrid, pero tan desmejorado que los religiosos de su orden no le permitieron seguir a Barcelona. El 14 entraba en el quirófano de la clínica del Rosario, donde durante tres horas soportó horribles torturas «con heroísmo de santo y bienaventurado», sin una queja, sin un movimiento de protesta. Le extirparon las tumoraciones de las dos fosas nasales, el vómer y el hueso etmoides, todo lo cual exigió la resección completa de la nariz. Luego le rasparon el velo del paladar, el cielo de la boca y otros tejidos cancerosos. Varios de estos cortes y raspamientos los soportó en estado de plena conciencia, porque «la situación especial de su lesión» aconsejó la suspensión de la anestesia. Las mismas muestras de fortaleza dio en una segunda operación a que fue sometido el día 29 de marzo, así como en las cauterizaciones, raspamientos y amputaciones de los apéndices cárnicos que periódicamente se le reproducían en la boca.

 

Por desgracia estos tormentos no le devolvieron la salud y ni siquiera aliviaron sus dolores. Consciente de la proximidad de su fin, el 31 de mayo decide abandonar Madrid y viaja a Monteagudo para rendir su alma al Creador al lado de su amada Virgen del Camino: «voy a morirme al lado de mi madre». El 19 de agosto, tras ajustarse él mismo las ropas de la cama y con la mirada fija en el crucifijo, exhalaba su último suspiro.

 

El halo de santidad que le había rodeado de vivo creció con su muerte. En 1910 la autoridad diocesana abría en Pasto el proceso informativo sobre su vida y virtudes, que, tras más de sesenta años de estudio, habrían de conducir a su beatificación el 1 de noviembre de 1975 y a su canonización el 11 de octubre de 1992. Su cuerpo incorrupto se venera en la iglesia del convento de Monteagudo.

 

Extractado de «San Ezequiel Moreno, obispo de Pasto - Trayectoria biográfica», por A. Martínez Cuesta

Bibliografía citada por el autor: Cartas pastorales, circulares y otros escritos del ilmo Ezequiel Moreno, ed. de T. Minguella, Madrid 1908; Epistolario del beato Ezequiel Moreno, ed. de A Martínez Cuesta, Roma 1982; Obras completas. Vols. 1-4: Epistolario, Madrid 2006- 2007; T. Minguella, Biografía del Ilmo. fr. Ezequiel Moreno, Barcelona 1909; A. Martínez Cuesta, Beato Ezequiel Moreno. El camino del deber, Roma 1975; IDEM, San Ezequiel Moreno, fraile, obispo y misionero, Madrid 1992.

 

fuente: Agustinos Recoletos

accedido 7147 veces

ingreso o última modificación relevante: ant 2012

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_2951