sábado, 29 de mayo de 2021

Beata Alejandrina María da Costa

 

 

Alejandrina María da Costa (1904-1955)

 

Nacimiento  30 de marzo de 1904

Gresufes, Balazar, Póvoa de Varzim, Portugal

Fallecimiento:     13 de octubre de 1955 (51 años)

Calvário, Balazar, Póvoa de Varzim, Portugal

Nacionalidad Portuguesa

Información religiosa

Beatificación:     25 de abril de 2004, en la Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano, por Juan Pablo II

Canonización:    En trámite.

Festividad:  13 de octubre

Venerada en Iglesia católica

Patronazgo: de la juventud; de los penitentes; de las personas víctimas de tentación contra la pureza y la castidad; de los devotos de la Sagrada Eucaristía.


ALEJANDRINA MARÍA DA COSTA nació en Balazar, provincia de Oporto y Arquidiócesis de Braga (Portugal) el 30 de marzo de 1904, y fue bautizada el 2 de abril siguiente, Sábado Santo. Fue educada cristianamente por su madre, junto con su hermana Deolinda. Alejandrina permaneció en familia hasta los siete años, después fue enviada a Póvoa do Varzim donde se alojó con la familia de un carpintero, para poder asistir a la escuela primaria que no había en Balasar. Allí hizo la primera comunión en 1911, y el año siguiente recibió el sacramento de la Confirmación que le administró el Obispo de Oporto.

Después de dieciocho meses volvió a Balazar y fue a vivir con su mamá y hermana en la localidad de “Calvario”, donde permanecerá hasta su muerte.

Comenzó a trabajar en el campo, teniendo una constitución robusta: tenía a raya a los hombres y ganaba lo mismo que ellos. Su una adolescencia fue muy vivaz: dotada de un temperamento feliz y comunicativo, era muy amada por las compañeras. Sin embargo a los doce años se enfermó: una grave infección (quizá una tifoidea) la llevó a un paso de la muerte. Superó el peligro, pero después de esto su físico quedará marcado para siempre.

Cuando tenía catorce años sucedió un hecho decisivo para su vida. Era el Sábado Santo del 1918. Ese día ella, su hermana Deolinda y una muchacha aprendiz realizaban su trabajo de costura, cuando se dieron cuenta de que tres hombres trataban de entrar en su habitación. A pesar de que las puertas estuviesen cerradas, los tres lograron forzarlas y entraron. Alejandrina, para salvar su pureza amenazada, no dudó en tirarse por la ventana desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias fueron terribles, aunque no inmediatas. En efecto las diversas visitas médicas a las que se sometió sucesivamente diagnosticaron siempre con mayor claridad un hecho irreversible.

Hasta los diecinueve años pudo aún arrastrarse hasta la iglesia, donde, totalmente contrahecha, permanecía gustosa, con gran maravilla de la gente. Después la parálisis fue progresando cada vez más, hasta que los dolores se volvieron horribles, las articulaciones perdieron sus movimientos y ella quedó completamente paralítica. Era el 14 de abril de 1925, cuando Alejandrina se puso en el lecho para no levantarse más por los restantes treinta años de su vida.

Hasta el año 1928 ella no dejó de pedirle al Señor, por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación, prometiendo que, si se curaba, se haría misionera. Pero, en cuanto comprendió que el sufrimiento era su vocación, la abrazó con prontitud. Decía: “Nuestra Señora me ha concedido una gracia aún mayor. Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios, y en fin el deseo de sufrir”.

Se remontan a este período los primeros fenómenos místicos, cuando Alejandrina inició una vida de grande unión con Jesús en los Sagrarios, por medio de María Santísima. Un día que estaba sola, le vino improvisamente este pensamiento: “Jesús, tú estás prisionero en el Sagrario y yo en mi lecho por tu voluntad. Nos haremos compañía”. Desde entonces comenzó su primera misión: ser como la lámpara del Sagrario. Pasaba sus noches como peregrinando de Sagrario en Sagrario. En cada Misa se ofrecía al Eterno Padre como víctima por los pecadores, junto con Jesús y según Sus intenciones.

Crecía en ella siempre más el amor al sufrimiento, conforme su vocación de víctima se hacía sentir de manera más clara. Hizo el voto de hacer siempre lo que fuera más perfecto.

Del viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, o sea por 182 veces, vivió cada viernes los sufrimientos de la Pasión. Alejandrina, superando su estado habitual de parálisis, bajaba del lecho y con movimientos y gestos acompañados de angustiosos dolores, reproducía los diversos momentos del Vía Crucis, por tres horas y media.

“Amar, sufrir, reparar” fue el programa que le indicó el Señor. Desde 1934 –por mandato del padre jesuita Mariano Pinho, que la dirigió espiritualmente, hasta 1941– Alejandrina ponía por escrito todo lo que cada vez le decía Jesús.

En 1936, por orden de Jesús, ella le pidió al Santo Padre, por medios del padre Pinho, la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Esta súplica fue varias veces renovada hasta 1941, por lo que la Santa Sede interrogó por tres veces al Arzobispo de Braga sobre Alejandrina. El 31 de octubre de 1942 Pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María con un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto lo renovó en Roma en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre del mismo año.

Desde el 27 de marzo de 1942 en adelante Alejandrina dejó de alimentarse, viviendo sólo de Eucaristía. En 1943 por cuarenta días y cuarenta noches fueron estrictamente controlados por excelentes médicos su ayuno absoluto y su anuria, en el hospital de la Foz do Douro cerca de Oporto.

En 1944 su nuevo director espiritual, el salesiano padre Humberto Pasquale, animó a Alejandrina, para que siguiera dictando su diario, después que constató la altura espiritual a la que había llegado; lo que ella hizo con espíritu de obediencia hasta la muerte. En el mismo año 1944 Alejandrina se inscribió a la Unión de los Cooperadores Salesianos. Quiso colocar su diploma de Cooperadora “en donde pudiera tenerlo siempre a la vista”, para colaborar con su dolor y con sus oraciones a la salvación de las almas, sobre todo juveniles. Rezó y sufrió por la santificación de los Cooperadores de todo el mundo.

A pesar de sus sufrimientos, ella seguía además interesándose e ingeniándose en favor de los pobres, del bien espiritual de los parroquianos y de otras muchas personas que recurrían a ella. Promovió triduos, cuarenta horas y ejercicios cuaresmales en su parroquia.

Especialmente en los últimos años de vida, muchas personas acudían a ella aún de lejos, atraídas por su fama de santidad; y bastantes atribuían a sus consejos su conversión.

En 1950 Alejandrina festeja el XXV aniversario de su inmovilidad. El 7 de enero de 1955 se le anuncia que éste será el año de su muerte. El 12 de octubre quiso recibir la unción de los enfermos. El 13 de octubre, aniversario de la última aparición de la Virgen de Fátima, se la oyó exclamar: “Soy feliz, porque voy al cielo”. A las 19,30 expiró.

En 1978 sus restos fueron trasladados del cementerio a la iglesia parroquial de Balasar, donde hoy – en una capilla lateral – reposa el cuerpo de Alejandrina. Sobre su tumba se leen estas palabras que ella quiso: “Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvaros, acercaos, pasad sobre ellas, pisadlas hasta que desaparezcan. Pero ya no pequéis; no ofendáis más a nuestro Jesús!”. Es la síntesis de su vida gastada exclusivamente para salvar las almas.

En Oporto en la tarde del día 15 de octubre las florerías se vieron privadas de rosas blancas: todas fueron vendidas. Un homenaje floral a Alejandrina, que había sido la rosa blanca de Jesús.

Fuente:https://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20040425_da-costa_sp.html

viernes, 28 de mayo de 2021

Santos Marcelino y Pedro, mártires

 


Santos Marcelino y Pedro, mártires

 

Fecha: 2 de junio

†: c. 304 - país: Italia

Canonización: pre-congregación

Hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

 

Elogio: San Marcelino, presbítero, y san Pedro, exorcista, mártires, acerca de los cuales el papa san Dámaso cuenta que, durante la persecución bajo Diocleciano, condenados a muerte y conducidos al lugar del suplicio, fueron obligados a cavar su propia tumba y después degollados y enterrados ocultamente, para que no quedase rastro suyo, pero más tarde, una piadosa mujer llamada Lucila trasladó sus santos restos a Roma, en la vía Labicana, dándoles digna sepultura en el cementerio «ad Duas Lauros».

Oración: Señor, tú has hecho del glorioso testimonio de tus mártires san Marcelino y san Pedro nuestra protección y defensa; concédenos la gracia de seguir sus ejemplo y de vernos continuamente sostenidos por su intercesión. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).


Marcelino y Pedro se encuentran entre los santos romanos que se conmemoran en el canon I de la misa. Marcelino era un prominente sacerdote en Roma durante el reinado de Diocleciano, mientras que Pedro, según se afirma, era un exorcista. Debido a un error de lectura del Hieronymianum, se había llegado a la conclusión de que otros mártires perecieron con ellos, en número de cuarenta y cuatro, y así lo consignaba el anterior Martirologio Romano, lo que fue enmendado en el actual. Un relato muy poco digno de confianza sobre su pasión, declara que ambos cristianos fueron aprehendidos y arrojados en la prisión, donde tanto Marcelino como Pedro mostraron un celo extraordinario en alentar a los fieles cautivos y catequizar a los paganos, para obtener nuevas conversiones, como la del carcelero Artemio, con su mujer y su hija. De acuerdo con la misma fuente de información, todos fueron codenados a muerte por el magistrado Sereno o Severo, como también se le llama. Marcelino y Pedro fueron conducidos en secreto a un bosquecillo que llevaba el nombre de Selva Negra, para que nadie supiera el lugar de su sepultura y se les cortó la cabeza. Sin embargo, el secreto se divulgó, tal vez por medio del mismo verdugo que posteriormente se convirtió al cristianismo.

Dos piadosas mujeres, Lucila y Fermina, exhumaron los cadáveres y les dieron conveniente sepultura en la catacumba de San Tiburcio, sobre la Vía Labicana, no sin recoger antes algunas reliquias. El papa Dámaso, autor del epitafio para la tumba de los dos mártires, declaró que siendo niño, se enteró de los pormenores de su ejecución por boca del propio verdugo. El emperador Constantino mandó edificar una iglesia sobre la tumba de los mártires y quiso que ahí fuera sepultada su madre, Santa Elena. En el año de 827, el Papa Gregorio IV hizo donación de los restos de estos santos a Eginhard, antiguo hombre de confianza de Carlomagno, para que las reliquias fueran veneradas en los monasterios que había construido o restaurado; por fin, los cuerpos de los mártires descansaron en el monasterio de Seligenstadt, a unos veintidós kilómetros y medio de Francfort. Todavía se conservan los relatos donde se registraron minuciosamente todos los detalles de los milagros que tuvieron lugar durante aquella famosa traslación. La prueba de que en la Roma antigua se rendía mucho culto a estos dos santos, está en que abundan inscripciones para conmemorarlos, como ésta: «Sáncte Petr (e) Marcelline, suscipite vestrum alumnum» (Sanos Pedro y Marcelino, recibid a vuestro alumno).

La legendaria pasión y otros datos, fueron impresos en Acta Sanctorum, junio, vol. I. Consúltese especialmente a J. P. Kirsch, Die Mdrtyrer der Katakombe ad duas lauros (1920), pp. 2-5.

En la imagen: Pasión de los santos Marcelino y Pedro, de Vincentius Bellovacensis, en «Speculum historiale», del siglo XV, que se conserva actualmente en París; nótese que la pasión está contada "cinematográficamente", en pequeños cuadros dentro de la escena.


fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1866

 


miércoles, 26 de mayo de 2021

San Fernando III, rey

 

 

San Fernando III, rey

 

Fecha: 30 de mayo

n.: 1198 - †: 1252 - país: España

Canonización: Conf. Culto: Alejandro VII 31 may 1655 - C: Clemente X 7 feb 1671

Hagiografía: Abel Della Costa 

Elogio: San Fernando III, rey de Castilla y de León, que fue prudente en el gobierno del reino, protector de las artes y las ciencias, y diligente en propagar la fe. Descansó finalmente en la ciudad de Sevilla.

Patronazgos: patrono de Aranjuez, Sevilla (en España) y San Fernando (en Venezuela), también del Cuerpo de Ingenieros Militares en España, protector de los pobres y los presos.

Refieren a este santo: Beato Pedro González «Telmo»

Oración: Oh Dios, que elegiste al rey san Fernando como defensor de tu Iglesia en la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo que te pide tenerlo como protector en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

Fernando III, nacido en 1198, era hijo de Alfonso IX, rey de León, y de Berengaria, la hija mayor de Alfonso III de Castilla y de una de las hijas de Enrique II de Inglaterra. Tía suya, hermana de Berengaria, fue Blanca de Castilla, madre de san Luis de Francia. Berengaria hubiese debido heredar el trono de Castilla a la muerte de Enrique, su hermano, pero prefirió ceder sus derechos a su hijo Fernando, quen tenía entonces dieciocho años. Dos años más tarde, Fernando contrajo matrimonio con de la que tuvo siete hijos y tres hijas.

Supo reunir y poner de acuerdo los siempre divididos adversarios españoles, Castilla, Aragón, Navarra y León. Decidió hacerse terciario franciscano. En él se encontraron unidas las más difíciles virtudes, a saber, el valor con la piedad; la prudencia con la audacia. También en su vida familiar fue bastante afortunado, casado sucesivamente con dos dignísimas mujeres, la primera, que le fue propuesta por su madre, Beatriz, hija del rey Felipe de Suabia, murió después de quince años y le dio diez hijos; la segunda, Juana de Ponthieu, le fue propuesta por Blanca de Castilla. Pero particularmente afortunado fue en las guerras que hizo contra los Sarracenos, que ocupaban gran parte de España, en un momento propicio y con grandes éxitos.

Penetrando en Andalucía, ocupó a Córdoba y el reino de Murcia. Después bloqueado con su flota el río Guadalquivir, conquistó a Sevilla, en medio de la alegría del mundo cristiano y el estupor del musulmán. Fernando obtuvo así el título de «Terror de los Moros», que persiguió hasta las costas de Africa.

La suya era una guerra de liberación en sentido político y en sentido religioso. El grito de batalla de sus tropas sonaba recio en todo el Mediterráneo: «¡Santiago y Castilla!». A los prisioneros Moros los hizo devolver sobre sus espaldas la campana robada por los Sarracenos al famoso santuario de Compostela. En la conquista de Córdoba no hizo ningún daño a la población y su primer gran pensamiento fue el de levantar una iglesia en honor de la Virgen. Temía cometer la más pequeña injusticia y ofender también al más despreciado de sus súbditos. Decía que temía más la maldición de una viejecita que todas las armas de los Moros.

Sintiéndose cercano a la muerte, recibió el viático y la unción de los enfermos en presencia de todos los dignatarios de la corte, a los cuales quiso dar este último ejemplo de devoción. A su hijo Alfonso, su heredero, antes de bendecirlo le dio algunos consejos para el gobierno del reino: «Teme a Dios y tenlo siempre como testigo de todas tus acciones públicas y privadas, familiares y políticas». Era la regla de vida seguida por el rey Fernando. El 30 de mayo de 1252 entregó su alma a Dios. Tenía 53 años. Fue llorado por los soldados como valeroso jefe; por su pueblo como padre providente, soberano, héroe y sobre todo como santo. Fue sepultado en la catedral de Sevilla, y como terciario franciscano que era, revestido con el hábito de la Orden.

No parece haber habido un proceso de canonización formal, y de hecho no se inscribe su canonización en el listado de la hacía poco tiempo fundada Concregación de Ritos; sin embargo, sí se conserva la bula (cuyas partes pertinentes pueden leerse en Acta SS) por la que SS Clemente X en febrero de 1671, recogiendo decretos de aprobación del culto antiguo de Urbano VIII y Alejandro VII, eleva la fiesta de san Fernando a categoría de fiesta litúrgica de la Iglesia universal, y por tanto puede considerarse canonizado, no sólo beatificado o con aprobación de culto.

En Acta Sanctorum, mayo, vol. VII, hay una traducción latina de los párrafos de la crónica del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez, que se refieren a san Fernando; también puede verse ahí entre otros documentos, la breve biografía escrita por Lucas, obispo de Tuy, contemporáneo del santo. Se conserva también un relato del franciscano Gil de Zamora (c. 1300); la cuestión de la bula de Clemente X se trata en las páginas 385-86 (téngase presente que el texto de Acta SS es de esos mismos años, así que el dato y las fuentes estaban, por así decir, a la mano); puede verse en el Boletín de la Real Academia de la Historia, vol. 1 (1884), pp. 308-321.

La vida de Fernando III pertenece al dominio de la historiografía española, y como tal, se hallarán tanto en impresos como en la red referencias de toda clase; hemos recogido aquí lo que creemos esencial para una hagiografía, tomándolo de dos fuentes que hemos mezclado, ya que contenían datos complementarios: el Butler-Guinea y «Franciscanos para cada día». Se encontrarán en la red otras hagiografías en castellano que pueden resultar de interés, entre las que pueden destacarse: la de José Mª Sánchez de Muniáin, en Añor Cristiano (BAC, 1966-2003), que puede leerse en el Directorio Franciscano, y la de José Gros y Raguer, que puede leerse en Multimedios.org. La imagen inferior es la de la urna de plata donde descansan sus restos, en la catedral de Sevilla.

 

Abel Della Costa

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1827